domingo, 19 de junio de 2011

LA VIOLACIÓN O EL DERRUMBE DE LAS VOCES



La violación o el derrumbe de las voces
Ruth María Ramasco
San Miguel de Tucumán, 17 de junio de 2011

Quienes somos docentes guardamos narraciones en nuestra memoria. Muchas de ellas pertenecen a esos secretos que no podemos compartir, no al menos en la trama concreta de sus sujetos y sus detalles. Otras son nuestras alegrías invisibles, las brasas y el rescoldo que nos abrigan por dentro en los días sin esperanza. Sí, guardamos narraciones y, de muchas maneras, éstas han diseñado nuestra alma. A veces, con la dureza de una maza voraz que ha roto las paredes divisorias de un mundo que creíamos ordenado;  otras, con la suavidad de unas manitos pequeñas y confiadas que nos han animado a ir allí donde nada conocíamos y todo temíamos; en ocasiones, también, invitándonos a cruzar sendas que bordeaban abismos, esas sendas frente a las cuales nos sentíamos pusilánimes y en fuga. De entre todas las narraciones que nuestros oídos han escuchado, aquellas que nuestra alma pedía por favor que cesaran, aquellas que jamás hemos podido olvidar, son los relatos de quienes han sido violados en su niñez.

Al pensar en estos relatos ―o en los renglones avergonzados que sus palabras pronunciaban, porque no podían decir más― muchos rostros asoman, golpeando la puerta de nuestra voz. Recordamos cada uno de ellos, cada uno de sus gestos, cada una de las ocasiones: las mesas anónimas de los bares, algunas galerías durante los recreos, las sillas frente a un escritorio, las esquinas de los salones de fiesta, las veredas con transeúntes impermeables al horror, el respaldar de una cama, el interior de un auto. Con sus difíciles sonidos, tantas veces apenas audibles, sus palabras se apropiaban de la aparente realidad de esos espacios y los transformaban en ficciones. Porque cuando escuchamos de la boca de alguien que ha sido violado de niño, todos los espacios confortables y seguros nos resultan ficciones. Todas las paredes parecen de cartón y cualquier ser humano puede convertirse en ese lobo del cuento infantil que enfrenta nuestros refugios y dice: “Soplaré, soplaré, y tu casa tiraré”.
En esa vibrante memoria táctil de nuestro cuerpo, recuerdo el peso de una cabecita enrulada y pelirroja sobre mi hombro. Quien debería haber sido su papá, había abusado de ella durante más de nueve años. Nunca conversaba conmigo del abuso, salvo en los días de fiesta; jamás he sabido por qué. Pero cada vez que había una fiesta, los susurros de una voz cuyo timbre apenas conocía buscaban mis oídos. Y ellos recogieron ahí los cómo y los cuándo, el terror de las luces que se apagan y los pasos que se acercan, la mirada cómplice del día siguiente, la soledad ahogada de las palabras que no pueden decirse y los relatos a los que nadie cree. ¡Ay, el horror de las noches y siestas en las que los niños son violados! ¡Ay, los cuerpitos que esconden las heridas y el tacto de las manos que los han explorado sin piedad!
Todos nuestros pequeños y pequeñas violadas conocen el impensable terror de la sonrisa del día después: la mirada que pide el consentimiento a un rostro que ha sido forzado a ocultar el asco y el llanto imparables. Esa mirada, que atraviesa sin vergüenza la luz del día ―esa luz a la que todo niño aterrado espera como aquello que mostrará que la noche ha pasado, que todo era una pesadilla―; esa mirada destruye la esperanza en el día y su luz. Esa mirada expulsa de la niñez, con tanta o mayor fuerza que lo ocurrido en la soledad y la oscuridad cómplices. Porque lo hace frente a todos, y nadie lo advierte; porque hay adultos, y ninguno se da cuenta; porque la luz y el día son sólo la noche disfrazada de claridad.
La vergüenza de la mueca de risa que responde a esa mirada, de esa mueca que procede del terror, inculpa la memoria de los pequeños, hasta cuando han dejado de ser tales. Esa es la oscura infamia de los violadores de niños: los inocentes y agraviados, los desolados y heridos, los enmudecidos a veces para siempre, se reclaman culpables. Culpables porque su fragilidad no ha podido defenderse; culpables porque han sonreído; culpables porque no han hablado; culpables, porque su niñez incrédula del mal ha vuelto a acercar su cuerpito, esperando que todo fuera mentira y nada volviera a pasar. Esa culpa es más dura y pesada que el cuerpo del violador sobre un pequeño cuerpecito; ahoga la garganta, más violentamente que el ahogo que se experimenta en la violación, simplemente porque uno es pequeño y el cuerpo que destruye es pesado y grande y asfixia.
Las pequeñas ecuaciones que forman parte de la niñez querida y protegida se rompen: “me duele, lloro”, “digo lo que he vivido y soy creído”, “nadie me dejará sin casa ni comida”, “nadie dejará de quererme”. ¡Si pudiéramos detener los caminos donde el llanto se contiene y se doblega, donde el dolor no es seguido por el grito que pide y encuentra los brazos que lo defienden! Pues cuando un niño ahoga su llanto frente al dolor insoportable, cuando no puede gritarlo, difícilmente podrá sentir que tiene derecho a rechazar lo que lo daña. El daño se torna un intruso al que no puede expulsar de su vida, como una bala que ha quedado ahí, olvidada y feroz.
¡Si pudiéramos detener esas inexorables marchas de silencio que comienzan a apoderarse de sus vidas! ¡Si pudieran seguirse los cálculos que ese pequeño amor dibuja para que los demás no sufran! Pues no sólo la banalización o la incredulidad amordazan; a veces, es el mismo corazón del niño el que obliga a callar. Su cuerpecito herido esgrime el silencio para proteger a los que ama.  Y algo se invierte quizás para siempre, porque no puede esperar ser protegido; porque no puede acusar a los que lo abandonan; porque antepone el dolor de los que nada saben o nada quieren saber a su propio dolor.
Hemos visto a algunos luchar con sus heridas por encima de sus fuerzas, los hemos visto animarse a abrir las puertas de los sótanos de su vida y escarbar entre cajas arrumbadas; muchas veces, no para tirarlas, porque no podían: sólo para que les diera el aire y la luz, para que la humedad no pudriera el piso que las sostenía, para sacar de ellas lo que seguían reconociendo como suyo. Hemos visto a otros abrir un camino de destrucción con cada paso que daban, como si un sino oscuro mandara en su alma, un sino que repetía sin cesar: “¡Muere! Encuentra la forma de morir y muere.” Hemos visto a otros extraviarse en la locura, como si se sacaran los zapatos que los llevaban hacia las calles y el camino y se guardasen en un lecho que los cobija, mientras esperan la muerte.  O hay quienes transforman la humillación y la degradación en la única forma de vida que admiten, en el único mundo que sienten propio, allí donde son tratadas y tratados como basura y deshecho. Y, por supuesto, algunos han corrido desaforados hacia el único lugar donde creen que la violación no podrá transformarlos en víctima, el lugar del violador; y el llanto sin sonido que aún habita su memoria parece escucharse menos porque es tapado por el de quienes son ahora sus víctimas.
Quienes no conocen de cerca la violación de los niños sienten extraña su realidad y hasta morbosas las narraciones de sus hechos. Como si se tratara de acontecimientos excepcionales que jamás podrán cruzarse con sus vidas. La verdad es que no es así. No en el mundo que conocemos; no en nuestro Norte argentino. Nuestro Norte tramado por la violencia; nuestro Norte de silencios y olvidos. Tal vez porque muchas veces hemos escuchado desmoronarse las voces que nos han acercado a la guarida de sus terrores; tal vez porque esas guaridas no nos son absolutamente desconocidas; tal vez porque los pequeños que amamos nos han revelado la intolerable magnitud de la mera posibilidad de este horror en sus vidas, hemos querido poner nuestra voz a ese inmenso sonido inaudible de voces a las que la violación ha derrumbado. Las voces de una dignidad que no puede decirse a sí misma, de un amor que no puede encontrarse, de una vida que no sabe cómo vencer ese inmenso impulso de muerte que la acosa sin tregua. El derrumbe de esas voces, las palabras que han quedado entre los escombros antes de ser pronunciadas, antes de haber sido aprendidas, es en nuestro corazón un rugido insoportable; es para nuestros ojos el inmenso escozor de una nube de polvo que tapa todo y no permite ver; es para nuestros pulmones una sustancia oscura que no nos permite respirar.
Nuestra voz no quiere desplegar extensas estadísticas. Porque no necesitamos números cuando un solo niño o niña es abusada: ya se ha consumado todo el horror del mundo.
Sólo quiere alzar una plegaria:
¡Que calle ese tremendo silencio de los niños sin voz!
¡Que se vuelva palabra, que se crea canción!
¡Oh, mi Dios, no me dejes morir sin donarles mi voz!

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.