RECUERDO EL RÍO
Relato en fantasía de una pena cierta
Ruth María Ramasco
Tucumán, 1 de diciembre de 2011
Recuerdo el río y la lejanía de mi vida con el pulso tormentoso de sus aguas. Recuerdo también la certeza de la orilla bajo mis pies, los cuerpos familiares, la lengua que creía hablar y entender. A mis oídos aún les duele la ausencia de esas voces que me eran entrañables; mis ojos, desde esta orilla tan lejana, aún persiguen las siluetas de ese mundo al que jamás volveré. No importa si pierdo mis relatos de niña o si es mi memoria, mi frágil memoria, el único centinela que guarda las crónicas de mi vida antigua. El río me ha llevado. Yo creía cruzarlo: él me raptaba.
En mi mundo se hablaba de él, de sus márgenes zigzagueantes, del rumor imparable de las crecientes…. Pero nadie llevaba sus pies a las aguas. ¡Entrar en el río! No había en mi tierra nada semejante. El río era para mí sólo un rumor de corrientes y piedras; o los trazos que fluían y cambiaban de una imagen no sé si cercana o distante. Poco puedo acordarme. Tampoco quiero hacerlo. Cada recuerdo antiguo se asemeja a una pintura o una foto descoloridas por el tiempo. No son ellas el río que conozco: no es su cauce, ni su fuerza; nada tienen de las piedras filosas de su suelo, no poseen el gusto refrescante y duro de sus aguas. Sin embargo, de entre todos los habitantes de aquella orilla que era mi mundo y mi patria, yo era quien más detenía su mirada en el río. Pese a las burlas, pese al silencio.
No sé por qué mi mirada comenzó a tocarlo. Tal vez porque mi cuerpo sentía placer en la quietud y los juegos de abismos y muertes me asustaban. O quizás porque mis ojos no encontraban amparo en los gestos cercanos; o porque mis manos sentían la molestia y el desdén de los dedos que rechazaban su tacto. Me creía uno de ellos, apenas diferente en algún gusto o en alguna repulsión instintiva. Pero el río atraía mi mirada.
Mis hermanos amaban los saltos con la muerte. Esas extrañas danzas en las que mi pueblo siente el gusto de la destrucción en todo el cuerpo y goza. Como si las entrañas ardieran por la muerte; como un acantilado donde una muchedumbre se reúne para arrojarse, uno a uno, al abismo. Sólo eso es la vida en la orilla donde nací: mil ensayos de muerte, mil intentos de muerte. Hasta que alguna de las puestas en escena te encuentra y se funde contigo. ¡Ah…la hermandad en la muerte! Su gusto no se aparta aún de mi alma. He hundido un cuchillo profundo que separe mi carne de mis huesos; he raspado sin piedad todas las semillas negras albergadas en su superficie. Pero hay lugares a los que mi cuchillo todavía no ha llegado, tal vez porque teme arrancar el amor a los que eran míos junto con los pequeños granos voraces. Sé que algún día no podré retener el filo; sé que tendrá que llevarlos.
Aún hoy escucho ese inmenso grito de muerte de mi pueblo, como una cadencia permanente que a veces encuentra un corredor para llegar a mis labios. Y me escucho diciendo: − ¡Quiero morir, quiero morir!− Como una vieja plegaria que no consigo olvidar, aunque su religión me horrorice. Pero en la fila que avanza hacia la pira funeraria, en las escalinatas que ascienden al lugar del salto mortal, están todos los que alguna vez fueron míos. Y mi corazón siente la atracción de su compañía y el impulso feroz que pide acabar con mi vida.
En los hogares que enseñan a morir, se aprende a lanzar el grito poderoso de la vida vencida. Todo el cuerpo se prepara para ese rugido que parece arrastrar la garganta, el estómago, los muslos y brazos que quedan palpitando. Como si la garganta fuera la entrada a una caverna honda; una entrada que debe aprender a no temer ser rasgada por los peñascos que rodan desde las vísceras hasta la boca. Porque el grito de muerte es un peñasco que baja destrozando. Y aunque parece ascender hacia la boca, tira de ella para hundirla en sus sonidos ásperos y guturales. Mi pueblo habla poco, porque las cuerdas se tensan para el grito. Mi pueblo nunca canta.
Recuerdo la primera vez que volví mi mirada hacia el río. Di vuelta mi rostro porque escuché un sonido suave y extraño. Era pequeña y estaba triste. La tristeza me había apartado de los juegos y de los míos; había cerrado mi boca y apagado mis gritos. La tristeza me llevó al silencio y al río.
Escuché: al agua que llegaba a la ladera de las piedras altas y retrocedía; a los pájaros pequeños a los que mi pueblo mata para ensayar la muerte que luego se dará a sí mismo; al viento que se anima a escarbar pasadizos entre las hojas de los árboles. Escuché…. Me mantuve inmóvil mientras la brisa rodeaba mi cuerpo de niña; cerré los ojos para quedarme adentro del sonido. No sabía qué había dentro de mí, ni porqué algo parecía extenderse, abrirse, dilatarse. ¡Oh, vida, a la que no conocía fuera de nuestros caminos de muerte! ¡Oh, vida extraña y ajena, a la que ni siquiera podía nombrar como mía! Yo que sólo conocía la muerte; mi vida, que era para mí sólo mi puerta hacia la muerte.
Desde ese día, mis ojos persiguieron al río. Lo miraba desde la distancia; lo espiaba entre los rostros mezclados de los míos. Cuando nadie me veía, lograba acercarme a la orilla. Quería escuchar, quería volver a sentir ese extraño murmullo en mi interior. No me bastaban los pequeños momentos en que conseguía apartarme de mis destrezas de muerte. Descubrí que mi boca y mi garganta podían imitar los sonidos que se apagaban en mis oídos. Y cuando mi boca se abría y mi garganta evadía la fuerza de gravedad de los peñascos, mi deseo de muerte parecía retirarse de mi alma. Cantaba…, no sabía que eso era, pero el río me había enseñado a cantar. Cantaba y la muerte parecía un pequeño niño dormido y perezoso. Cantaba, y sus ardides no podían encontrarme.
Seguía ensayando mis pasos finales; varias veces me acerqué, en majestuosas vueltas por el aire, al borde del abismo. El grito oscuro de mi pueblo rugía en mis entrañas. Conocí después otros pueblos que alaban el sexo y el encuentro gozoso de los cuerpos. El mío conocía sus placeres, pero estos no podían compararse al tremendo espasmo de la muerte buscada y encontrada. ¿Cómo comparar ese instante, y los instantes que se aproximan a él, con ese ritmo de dos cuerpos que se encuentran? ¡Violenta y poderosa cavidad de la muerte en mi alma! ¿Quién podría serte semejante?
Mi canto se acurrucaba dentro de mí. Empecé a salir en la noche para que mi garganta no se asfixiara con los sonidos que también pugnaban por salir. Cantaba sin que nadie me escuchara; cantaba porque la fuerza del río y sus sonidos no podían permanecer en silencio en mi alma. Como un cuerpecito que crece en un espacio pequeño, cuyas extremidades empiezan a romper las delgadas paredes que lo albergan. Mi canto no quería morir.
Varias veces había visto a unas pequeñas, ya alistadas para el gran salto final. Porque en mi mundo, algunos reciben la potencia casi completa de su grito de muerte al nacer. Son hijas dilectas de la muerte. La roca negra sólo espera unos pocos pasos; los suficientes para que entreguen su sino a otros o para que maten antes de morir. ¡Extraña estirpe la nuestra! Algunos, sólo morimos; otros, podemos matar además de morir. Sentí por ellas la misma tristeza desesperada que me había llevado al río la primera vez. ¿Dónde estaba la alegría exaltada que todos compartíamos? ¿Adónde se había ocultado el gozo del vacío, la angustia extrema que rumiamos con deleite feroz? No podía encontrarlas en mi alma. Mi mirada se detenía en ellas y un canto lleno de tristeza ahogaba mi garganta. Mi pueblo se preparaba para saborear el elixir de sus muertes, seguramente cruentas, terribles, admirables. Con la voracidad de un ave de presa, se disponía al momento en el que sus audaces acrobacias desembocarían en el grito y en la sangre.
Salí de noche, y a mis pasos se sumaron los de un hombre extraño. No era de los míos. Lo había visto a veces, cerca del río. No cantaba, pero escuchaba en silencio mi canto. No sé por qué no le tuve miedo nunca, aunque mi mundo de muerte le resultaba aborrecible. Nada sabía del grito, ni conocía los rincones que éste horadaba. Mi tierra conocía extranjeros, pero estos difícilmente se quedaban. Escuché en ocasiones hablar de algunos de ellos, en relatos aburridos e insignificantes. De los extranjeros, sólo era preciso conocer una cosa: que no eran de los nuestros.
El extranjero me hablaba. No de muertes y saltos; no de los dedos que rozan los abismos. Hablaba de las piedras y los árboles; de las hojas que curan los ardores; de la dirección de las corrientes. Su lenguaje me resultaba extraño; su cuerpo carecía del intenso perfume de la muerte que convoca al sexo y a los vientres. Penetró el mío sin querer morir; escaló mi cuerpo bordeando los abismos y remolinos que me habitaban. Acostumbrada a las hondonadas y los riscos, la frescura y la risa de unas manos alegres sobre mi piel, la fuerza del torrente desatado entre mis piernas, me traía la memoria del río. Como si una fuente de aguas profundas inundara la anchura de la muerte en mi alma.
Sus pasos me siguieron en la noche, cuando salí a buscar las pequeñas cuyo grito se anunciaba en el alba. Las tomé de las manos para que vinieran conmigo. No me desconocían. Mi aliento de abismos era semejante al suyo. Miré alrededor. No había más que una salida y una distancia: el río. Puse a una de ellas sobre mi cuerpo; el extranjero hizo lo mismo con la otra. Las pequeñas nos golpeaban sin parar. Sus pequeños puños buscaban nuestros rostros una y otra vez. Sus frágiles cuerpecitos jamás habían tocado las aguas del río. El mío tampoco.
Mi pueblo se agolpó a las orillas. El temblor de su furia azotaba la superficie y llegaba como ásperas lanzas hacia donde estábamos. Las pequeñas, forasteras al río y cercanas a la muerte, se aferraron a nuestras espaldas, aterradas por el movimiento de esa suave superficie que se retiraba al recibirnos. Los brazos y las piernas del extraño comenzaron a moverse: se abrían, se cerraban; se abrían, se cerraban. Y quien me era cercano, el extranjero, se deslizaba en la superficie espejada. Lo imité, con el dolor del odio que buscaba mis espaldas, y mi cuerpo avanzó entre las hojas húmedas y las líneas de la luz en el agua. No era fácil: el miedo de las pequeñas no era muy distinto del mío; sus pequeñas manitos arañaban nuestras espaldas, aferraban nuestros cuellos e intentaban, infructuosas, hundir nuestras cabezas en el agua. Nos alejamos de la orilla. Los brazos de mi compañero me sostenían cuando mis piernas se cansaban. Por momentos, sólo por momentos, la inmensa batalla de las niñas cesaba. A veces, incluso, llegué a ver sus ojitos asombrados por la danza impetuosa de los rayos del sol en las aguas. Mi compañero nos enseñó a sumergir la cabeza, para que la fuerza del calor se alejara. En algunos momentos, también breves pero aún hoy guardados en mi alma, sentí sus risas de río y vi sus manecitas doblar las acrobacias de muerte, como una rugosa tela a la que podemos dejar abandonada.
El atardecer se anunciaba en el cielo y en el frío del agua. Vi a mi pueblo a lo lejos, anudadas sus manos, azuzadas sus armas. No faltaba ninguno. Desde el más anciano al más pequeño; desde las manos que me habían criado hasta las que sólo conocían mi nombre y escupían mi traición. Ninguno se apartó de la voraz manada. Mis ojos divisaron incluso algunos a los que creía enemigos de los míos: el odio hacia mí los había hermanado. No sabía lo que harían, hasta que vi, como una punta de flecha que aún hoy desgarra mi memoria y mi alma, la figura enhiesta de quien era para mí la persona más amada. Avanzó hasta la orilla del río y alzó con fuerza sus brazos hacia el agua. Escuché, con un horror insospechable, el grito de muerte de mi pueblo brotar de todas las gargantas.
Jamás lo había oído. Jamás, así. Jamás a todos. Al tocar la superficie calma del río, se desataron mil olas encrespadas. Cuando el sonido llegó al fondo, violentos remolinos, agazapados remolinos hundidos en el río, rompieron los bozales que contenían sus fauces. ¡Ay, la muerte cuando se vuelve grito que vuela por los aires! ¡Ay mis niñas que lloran golpeadas por las aguas! Mi compañero, mi amigo, rastreaba nuestros cuerpos hundidos; pero al asomarnos a la superficie sólo nos esperaban los líquidos muros crueles que se derrumbaban. Cuando sus ojos perdían los laberintos donde el agua las llevaba, mi olfato acostumbrado a los caminos de la muerte lograba encontrar sus cuerpitos y mis manos tironeaban de sus manos. Mi nariz de animal de una raza de muertes no podía ser engañada por el agua.
Pero el río convertido en mar furioso no era lo más duro. El grito de la muerte tocaba mi alma; hurgaba sus pozos profundos; hacía crecer las semillas negras que vibraban en mi interior. Junto con el miedo y la asfixia, mi memoria recibía mil imágenes punzantes: unos niños solitarios que jugaban, el aroma de comida de mi casa, las palmas abiertas que esperan las manos para bailar la muerte. Y mi corazón se ahogaba de voces y todas decían: − ¡Vuelve! ¡Vuelve! ¡Vuelve a tu casa! −. Los ojos de las pequeñas dejaban asomar el mismo ahogo, la misma dura y terrible nostalgia. La fuerza del grito les cerraba los ojos y los oídos. Mis manos podían sostener sus cuerpos, pero mi canto no podía encontrarlas. Porque ellas sólo tenían la nostalgia; yo tenía la nostalgia y el canto. Y las manos de mi amigo sostenían las sílabas de mi alma.
La fuerza del grito de mi pueblo se condensó en el cielo. Ya no era sólo prepotencia de las aguas y nostalgia. Un negro torrente viscoso se desató entre nubes. Y mis hijas pequeñas no podrían sobrevivir a su manto. Mi amigo, mi único hermano, entendió mi mirada empapada. Tenía que devolverlas a mi tierra: allá morirían, pero no hoy. Quizás mañana, o el mes entrante, o luego. No hoy, y eso era para mí suficiente.
Abrí sus boquitas y mi boca insufló dentro de las suyas mi soplo y mi canto. Lloré, lloré su destino de muerte hasta que el agua de mis ojos las rodeara. En el fuerte barco de mi pena, subí sus cuerpitos; con pedazos de mi alma hice las velas que podían devolverlas a la tierra. Agarrada a las manos de mi hermano, sostenida en los brazos de mi amado, canté hasta ahuyentar la tormenta oscura, canté para que las velas se hincharan y avanzaran.
Mi canto era antes pequeño y tembloroso. En el río desbocado, frente al horrible destino de avecillas alquitranadas de las mías, mi canto expulsó al grito de muerte que compartía la vibración de su garganta.
Llegamos a la otra orilla. Desde allí, vi a mis pequeñas volver a la que había sido mi tierra. Mi pueblo pisoteaba mi vela y quemaba mi barca. Lloré por su odio despiadado durante días enteros, lloré por los rostros y los gestos. Me acurruqué en la orilla del río que era ahora la mía y lloré. Sus brazos me guardaban, y guardada lloré.
Desde entonces, todos los atardeceres, mis pies escalan el peñasco más alto. Mis ojos atraviesan el río y buscan sus figuras. Las he visto en sus recobradas acrobacias. Si llegara su sino, sé que mi pueblo retardará su hora hasta el atardecer, para que sus muertes inunden mis ojos. Subo entonces a las piedras todos los atardeceres y canto. Con mi voz ahuecada de vida, con las manos del hombre que amo sosteniendo mis manos. Quizás, algún día, mi canto sea tan fuerte que llegue a sus oídos. Algún día, quizás una de ellas, sentirá en sus entrañas su vida y mi canto. O quizás nunca y quizás ninguna. Pero recuerdo el río y sólo puedo el canto.
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