La dignidad humana:
exigencia de toda práctica educativa
Ruth María Ramasco
Concepción, 10 de junio de 2011
Vamos a comenzar estas jornadas de reflexión y trabajo con un tema que nos es imprescindible, tanto a quienes somos docentes como a nuestros alumnos y a toda la comunidad educativa: ese tema es la persona humana. A veces, este tipo de temas es muy difícil de tratar, puesto que no nos resulta tangible; además, la práctica de la docencia se encuentra atravesada por tal cantidad de apremios y urgencias que, frente a ellos, a algunos les resulta superfluo realizar ninguna consideración de sentido.
Enumeremos algunas de estas urgencias:
a) Urgencias didácticas, porque las dificultades de los niños y las generaciones nuevas de jóvenes nos hacen experimentar, demasiadas veces, que nuestras estrategias no bastan para producir en ellos la más mínima motivación.
b) Urgencias de conocimiento, porque las reformas educativas desnudan nuestros vacíos teóricos y nos ponen en contacto con nuestras insuficiencias y las áreas impermeables al conocimiento que existen dentro del sistema educativo, o a veces incluso producen esos vacíos y esas áreas.
c) Urgencias en la gestión, porque los trámites administrativos o las normativas a cumplir o los problemas inmediatos y a veces gravísimos, exigen de todos resoluciones eficaces, prontas, difíciles.
d) Urgencias del medio socioeconómico y su problemática, que atraviesa nuestras aulas con los mil rostros de la pobreza y sus secuelas, con la desesperanza del alcohol y la droga, con la violencia invadiendo los patios, los baños, el espacio del aula sin más.
e) Urgencias de la vida familiar, que hace que la escuela sea a veces, en los hechos, el único espacio de estabilidad que poseen cientos de niños y jóvenes que no cuentan ya con la certeza de un amor que haya decidido ser responsable de sus vidas.
A estas urgencias debemos agregar, sin mengua, las dificultades económicas que tiñen todo de una inmensa pátina de malestar permanente: porque los cargos tienen que multiplicarse para que podamos sobrevivir, porque el mínimo descuento o retraso desbalancea toda nuestra vida, porque hay escuelas insoportables a las que no podemos abandonar porque necesitamos nuestro sueldo.
Dadas todas estas urgencias y todas las otras que conocemos, ¿por qué hablar de la persona humana? Más aún, ¿para qué hacer memoria de algo cuyo solo nombre nos hace acordar que para muchos somos sólo algo que debe utilizarse, y eso, sólo si no hay más remedio?
Precisamente por eso mismo: porque toda práctica educativa se encuentra comprometida en la afirmación y promoción de la persona humana y de aquel rasgo que le es inherente: su dignidad. Desde su especificidad social de práctica educativa y no otra; por el hecho mismo de su carácter de educación. Por ello resulta tan duro y agraviante que la vida de las comunidades educativas y de sus sujetos padezca los malestares de la indignidad.
Y, a veces, en puntos que son cruciales:
a) no saben qué implica ser dignas, ni tienen la certeza de serlo (ámbito del conocimiento);
b) no tienen la conciencia de lo que les es debido (ámbito de los derechos);
c) no tienen la convicción de lo que les es exigido (ámbito de las responsabilidades y deberes);
d) no tienen la fuerza para construir (ámbito de las obras singulares y colectivas).
A través de esta reflexión, buscaremos proporcionar algunos criterios que nos permitan discernir y profundizar nuestro carácter de personas, carácter que implica, inoslayablemente, la dignidad.
Consideraremos los siguientes aspectos:
1. La dignidad como irreductibilidad del valor de la persona.
2. La dignidad como experiencia de libertad.
1. La dignidad como irreductibilidad del valor de la persona
¿Qué es lo primero que eso quiere decir? Lo primero es que cada uno es un núcleo de valor. Es decir, que somos, individualmente y en todas nuestras experiencias comunitarias, algo que no tiene precio, precisamente porque ningún precio puede hacer justicia a lo que somos. ¿Ocurre eso con todas las cosas? ¿Todo lo que es valioso lo es porque es inconmensurable, porque no tiene precio? No, de ninguna manera. Hay muchos tipos de valores.
Algunas cosas valen porque nos son imprescindibles para vivir: el aire, el agua, el alimento. Sin ellas, no seguimos vivos. Son importantes; más aún, son imprescindibles para vivir: valen. Otras cosas valen porque conseguimos otras a través de ellas. El dinero, por ejemplo: nos consigue bienes, nos consigue alimentos; una herramienta, que consigue hacer por nosotros lo que nuestras manos solas no puede; o un transporte, que nos permite superar las distancias. Nos son útiles: valen. Sin embargo, de alguna manera experimentamos que nuestro valor como persona no puede consistir en que seamos realidades de este tipo. Por más que nuestra vida pueda ser útil para otras y es muy bueno que así lo sea; por más que consigamos lo necesario para la vida de otros por medio de nuestro trabajo, o de nuestra acción social o política, o por nuestra misma práctica educativa. Es verdad que valemos por lo que hacemos, pero no es verdad que nuestra utilidad y capacidad productiva sean la fuente de nuestro valor. Porque hay momentos en la vida en que ya no podremos educar, ni solucionar los problemas de los otros; y alguien tendrá que proveernos de lo necesario para vivir. Si la utilidad fuera la consistencia de nuestro valor, entonces ya no valdríamos. Y tampoco valdrían los enfermos, ni los ancianos, ni aquellos que no comparten nuestras posibilidades de desarrollo sino otras. Por eso, en realidad, todos los malestares que experimentamos cuando nos sentimos inútiles, cansados, viejos, improductivos, sin dinero ni bienes, constituyen malestares de percepción de nuestro valor o dignidad.
Observen que no señalamos que el valor sea una cosa fija y totalmente estable. La utilidad de algo se construye y deconstruye en la vida social; las aceleraciones y cambios de la tecnología nos dan otro ritmo y sentido de lo útil y lo nuevo. No es lo mismo pensar en lo que sigue siendo útil, pero ya ha aparecido algo nuevo; o la inutilidad que poseen los objetos cuando los sujetos no tienen capacitación para ellos. Tampoco es lo mismo pensar el agua y los alimentos en tiempos de escasez que en tiempos de abundancia. Los valores poseen un dinamismo relacional y cultural altísimo. Es posible aceptar la crítica cultural a una postura espiritualista que los ha transformado en impermeables a la diversificación de las culturas de los hombres, o que no incorpora a su sentido las hermenéuticas que los producen, pero resulta muy difícil pensar que las cosas, las situaciones, las actividades no merezcan una estimación y, por ende, valgan.
Hay otras realidades, en cambio, cuya ausencia no nos haría morir biológicamente, aunque quizás sí de otras maneras. Aunque muchos pretendan utilizarlas y conseguir algo a través de ellas, en realidad no consiste en eso su valor: la justicia, la belleza, el amor. Observemos que, incluso, la misma intención de uso respecto de ellos desvirtúa su sentido para quienes lo hacen. Porque si un juez pretendiera conseguir dinero con sus sentencias u obedece en ellas a quienes tienen poder, entonces, la justicia ya no sería justicia en sus manos, sino sólo un valor de intercambio. Y si ingresamos en una relación para que la vida nos sea cómoda, o alguien nos mantenga, entonces alejamos el amor de nuestra vida; habremos conseguido dinero, o un proveedor, o vacaciones; pero no amor. O si un artista al crear busca sólo aquellos temas o aquellas transgresiones que hagan que se hable de él o le consiga público, la alegría y la libertad de crear, la belleza conmoviendo lo que somos o aquel significado creativo que guía nuestras manos, ya no existirá; existirá el público, la fama o hasta el dinero; pero la hondonada de conmoción profunda de la creación nos será quitada.
Nos detengamos un momento en estas realidades: no podemos llevarlas a cabo si no las buscamos por ellas mismas. Pero no las encontraremos si nuestras decisiones no hacen que sea. Valen de una manera distinta a la vida o a la utilidad: porque muchos perdieron la vida por hacerlos real, y muchos no ganan nada en sentido utilitario por su presencia. ¿Gana algo quien cuida durante años a un pariente enfermo que no va a dejarle nada? ¿Gana algo quien pierde a un ser querido porque no puede ser cómplice de sus delitos? ¿Gana algo un político o un sindicalista honesto, a quienes les son endilgados todos los vicios y estafas de sus pares corruptos? ¿Qué es lo logrado? ¿O por qué continúan realizando lo que no parece darles nada, sino quitárselos? La razón es una sola: porque estas realidades nos ofrecen lo que son. El enfermo que requiere cuidados vale por él; el servicio al bien común vale en sí mismo, no por las prebendas; la amistad vale por lo que ella es y no por los vínculos o negocios que pueden hacerse a partir de los amigos. Hay cosas que valen por sí mismas. Su valor no es equivalente al de los anteriores.
Afirmar que el hombre, que todo hombre o mujer es digno, implica sostener que ninguno de ellos es algo que puede reducirse a valores vitales o pragmáticos, sin desmerecer la importancia de ambos tipos de valores. Quiere decir que no podemos pesarlos y reducir su sentido en su valor de intercambio, de productividad o de acción. Es inconmensurable: no puedo medirlo desde allí, no puedo compararlo con ellos, no puedo condensarlo en ellos.
Por ende, una institución educativa, una práctica educativa que sólo considere a sus sujetos (educadores, alumnos, padres de alumnos, personal administrativo o auxiliar) como aquellos que permiten que cobremos un sueldo (me permiten vivir), o aquellos a los que podemos humillar, o aquellos a los que no debemos proveer de recursos cognitivos y actitudinales para que puedan construir su vida personal y nuestra vida común de tucumanos o argentinos; una práctica que sea así, ha olvidado la dignidad de sus sujetos. Porque los seres humanos necesitamos comida y salud, necesitamos también herramientas para lograr lo que buscamos: pero junto a ello y en ello, necesitamos también dignidad. Es la dignidad la que exige la comida y la salud; es la dignidad la que exige recursos apropiados para la construcción de sí mismo y de los otros: es la dignidad lo que no puede faltar en nuestras aulas porque, si ya en ellas nos sentimos inferiores y avasallados, ¿qué podemos esperar del ancho mundo del trabajo, la vida pública, los intereses de los poderosos configurando la vida de los que nada tienen?
| PRIMER RASGO: LA DIGNIDAD PERSONAL IMPLICA LA PRESENCIA DE UN NÚCLEO DE ESTIMACIÓN QUE NO ADMITE SER REDUCIDO A NINGÚN OTRO. TODA PRÁCTICA EDUCATIVA DEBE CONSTRUIRSE, RESPECTO DE TODOS SUS ACTORES, SINGULARES Y COLECTIVOS, COMO RECONOCIMIENTO, CONSTRUCCIÓN Y PROPUESTA DE ESA ESTIMACIÓN. |
2. La dignidad como experiencia de libertad
Ahora bien, no podemos afirmar que una persona no puede ser reducida a un valor vital o productivo sin destacar que ello supone la libertad. ¿No son éstas meras palabras? ¿No nos encontramos totalmente limitados por los recursos con los que contamos o de los que carecemos? ¿Es libertad lo que vemos en nuestros alumnos cuando su falta de alimentación los hace dormirse en clase? ¿Es libertad la negativa de muchos alumnos a todo esfuerzo, los mil artículos que los docentes conocen para justificar ausencias injustificables? ¿Es libertad el maltrato que nos infligimos todos a todos: la respuesta destemplada de un conserje, los insultos de los padres cuando están en desacuerdo con los docentes, los llamados de atención arbitrarios de un director o directora, las planificaciones que repetimos para siempre, las conversaciones groseras de algunas salas de profesores? Decimos esto con todo el respeto que nos merecen aquellos que jamás hacen nada de eso, aquellos que han entregado y entregan mucho más de lo que nadie les ha pedido o exigido.
No: nada de eso es libertad. Nuestra sociedad identifica, demasiadas veces, la libertad con la capacidad de no poseer límites en nuestros deseos. En muchos casos, el sentido doloroso y verdadero del horror de la coacción y de la violencia, la memoria y la realidad de la opresión y arbitrariedad que conocemos de mil maneras, nos ha llevado a afirmar la libertad como rechazo a toda coacción. Con una dificultad que empaña y hasta destruye la legitimidad de este anhelo: no criticamos la profunda violencia de nuestras trasgresiones, la inmensa destrucción que implican nuestros rechazos a los límites, la inmensa dejadez vital y social de nuestra vida cuando sólo rompe cosas y no construye nada.
¿Implica la libertad la capacidad de rechazo a la coacción? Sí, por supuesto que sí. ¿Tiene derecho este rechazo a la furia ciega de la destrucción? No, no la tiene: debe buscar estrategias de rechazo que impliquen un profundo cuidado y respeto por la vida que nos es común. ¿Basta liberarse de las coacciones para pensar que ya está lograda la libertad? No, de ninguna manera.
¿Por qué? Porque la libertad es generación de iniciativas, producción de acciones y obras, responsabilidad por las iniciativas, las acciones y las obras. La persona, en sus experiencias privadas y públicas, en sus configuraciones singulares y comunitarias, está constituida por el riesgo de la libertad.
Nos detengamos en esto. Ser capaces de iniciativas no es equivalente a ser imaginativo u ocurrente. Implica la lucidez para buscar qué proponer, qué puede ser adecuado o necesario para ahora y en orden al futuro. Implica tener el coraje de la propuesta, porque deberemos sostenerla con lo que somos. Implica la aventura de la persuasión para lograr el consenso, la fuerza para las decisiones en las que nadie nos acompaña, la dureza de la pelea cuando encontremos oposición, el carácter para seguir adelante cuando llegue el momento de las derrotas.
Estas iniciativas pueden tener un alcance limitado o muy amplio: pueden limitarse al aula, la escuela, la vida cultural, nuestra vida social. Pero siempre implica la producción de acciones y obras. Y en ellas, para hacerlas, además de lo que acabamos de mencionar, requerimos de otros factores: dinero, espacio, permisos, tiempos, colaboradores efectivos. Observemos ahí una convocatoria infinitamente más hermosa y ardua para nuestra capacidad de autodeterminación y nuestro anhelo de rechazar los límites. Nadie puede producir una acción, nadie puede poner en la realidad una obra, sin enfrentar los límites. Pero de una manera más realista: no con el adolescente anarquismo que anhela romper todo porque cree que es la única forma de que algo nuevo pueda surgir. No así: con la madurez de un adulto que no quiere ser comienzo absoluto de nada, porque sabe que eso sería un inmenso despilfarro de lo que ya está hecho; con la certeza de un adulto de que cualquier obra será limitada e imperfecta y otros deberán continuarla; con el dolor de los adultos al saber de antemano que a veces se equivocará al discernir la honestidad de los que se asocian a las obras; con la entrañable alegría de las acciones que se realizan y las obras que quedan.
La libertad capaz de producir acciones y obras se anima a la crítica, porque está dispuesta a exponerse a ella; pero no transforma la crítica en su tarea preferida porque necesita el tiempo y el esfuerzo para colaborar en la vida de todos. La libertad que produce obras conoce la inmensa fuerza que debe cobrar para someterse al fuego cruzado de las interpretaciones maliciosas y las críticas perversas; la inmensa fuerza para tratar con los aprovechados que no están cuando hay que luchar; pero piden el primer lugar cuando hay un reconocimiento, un logro, o un beneficio; la inmensa fuerza cuando llega el momento de la traición de los que nos habían sido cercanos, o tantas otras cosas que sólo conocen los que obran.
Todo esto supone que la libertad, acto eminente de un ser personal, es un inmenso llamado a la responsabilidad. En nuestro lenguaje de todos los días, decimos “hacernos cargo”, “poner el cuerpo”. Subrayemos aquí un matiz imprescindible para entender esta difícil libertad. Decíamos con anterioridad que los hombres no queremos coacción; con dolor debemos decir que tampoco queremos responsabilidades. Las descalificamos porque, a los ojos de muchos, son sólo imposiciones externas, mandatos de una moralidad que se ha olvidado que necesitamos felicidad. Nuestra sociedad a veces no parece tener ya recuerdos de la inmensa alegría de las obras cumplidas, de la inmensa alegría de estar en paz con la vida y los otros. Porque la responsabilidad no es una opresión: es la capacidad de vincular nuestra vida con acciones y obras y volverlas propias. No se trata de que nos vean o no, nos sorprendan o no: se trata de entregar la lucidez, la fuerza, los acontecimientos de nuestra vida para que lo que consideramos bueno se vuelva vida de todos. Se trata de ser libre: “Nadie me lo quita, Yo lo doy”.
| SEGUNDO RASGO: LA DIGNIDAD SE EXPRESA Y REALIZA COMO PROPUESTA, REALIZACIÓN DE ACCIONES Y OBRAS, RESPONSABILIDAD. TODA PRÁCTICA EDUCATIVA EN DIGNIDAD SE CONSTRUYE EN LAS PROPUESTAS, LAS ACCIONES Y OBRAS, LA RESPONSABILIDAD DE LOS ACTORES SINGULARES Y COLECTIVOS. |
Para aquellos de nosotros que creemos, el fundamento último de nuestra dignidad y su valor es la decisión de creación, redención y santificación que proviene de las entrañas mismas de la Trinidad. El fundamento de nuestra exigencia de libertad responde a que ella está llamada a realizar una acción más alta que todas las acciones: volverse hacia el Absoluto y comprometer el sentido de su vida en Él o rechazarlo. Para quienes creemos nuestra dignidad es a la vez nuestro vestido de fiesta y nuestro uniforme de trabajo. Somos dignos de la fiesta del llamado de Dios sobre nuestra vida; somos capaces de recibir en nuestras manos la confianza de la tarea por hacer. No queremos separar la una de la otra. Nuestra labor en la educación es a la vez nuestra fiesta y nuestra tarea. Pensemos ahora cómo podemos afirmar y recrear su dignidad.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.