La violación o el derrumbe de las voces
Ruth María Ramasco
San Miguel de Tucumán, 17 de junio de 2011
Quienes somos docentes guardamos narraciones en nuestra memoria. Muchas de ellas pertenecen a esos secretos que no podemos compartir, no al menos en la trama concreta de sus sujetos y sus detalles. Otras son nuestras alegrías invisibles, las brasas y el rescoldo que nos abrigan por dentro en los días sin esperanza. Sí, guardamos narraciones y, de muchas maneras, éstas han diseñado nuestra alma. A veces, con la dureza de una maza voraz que ha roto las paredes divisorias de un mundo que creíamos ordenado; otras, con la suavidad de unas manitos pequeñas y confiadas que nos han animado a ir allí donde nada conocíamos y todo temíamos; en ocasiones, también, invitándonos a cruzar sendas que bordeaban abismos, esas sendas frente a las cuales nos sentíamos pusilánimes y en fuga. De entre todas las narraciones que nuestros oídos han escuchado, aquellas que nuestra alma pedía por favor que cesaran, aquellas que jamás hemos podido olvidar, son los relatos de quienes han sido violados en su niñez.