Después del sol, sólo fue el sol
Ruth María Ramasco
Yerba Buena, 7 de marzo de 2014
A veces no conocemos hacia dónde puede
llevarnos el amor. Porque no es verdad que sólo tiene el poder de hacernos
salir de nosotros mismos. También posee el poder, la extraña magia, el inmenso
sortilegio, de hacernos entrar. O quizás no sea así; tal vez se trate de algo
aún más vigoroso, tal vez construya en nosotros nuevas moradas y es por eso que
entramos. Entramos a habitar en los recintos que el amor ha hecho brotar. Pues
hay caminos y recintos que proceden de las entrañas más profundas de nuestra
vida, no de las circunstancias ni de las personas que se encuentran en ella,
tampoco de las curiosas curvaturas del tiempo y el espacio. Proceden de más
atrás, de ese más atrás al que sólo el amor puede llevarnos.
Lo descubrí muy lentamente, como si se tratara
de un rompecabezas gigante, de esos cuyas piezas vamos dejando extendidas sobre
una mesa, en espera de la mirada que capta una coincidencia entre dos
perímetros, o de la minuciosidad metódica que separa los pequeños cartones de
un mismo color, mientras se deja guiar por el modelo propuesto. Los dibujos más
definidos que se arman primero, algún extremo ya descifrado, huecos inmensos en
la vastedad del cielo o de los matices del verde en las montañas o la vorágine
del mar. Cuando logramos armarlo, vemos lo que no llegábamos a avizorar al
mirar la lámina en la caja del rompecabezas: no era un paisaje lo que
armábamos, ni una pintura de esas que pueblan las casas de reproducciones. Era
nuestro rostro, ese que nos parecía una montaña, un mar, un bosque de árboles
de altura inconmensurable. O un conjunto abigarrado de personas en miniatura y
objetos intrascendentes y familiares. Sólo nuestro rostro disperso y
fragmentado, a la espera de una mirada capaz de recogerlo y descifrarlo. Y, al
volver nuestros ojos hacia la lámina que nos orientaba, de repente vemos que
era sólo una delgada transparencia, semejante a un mapa trazado por un lejano
cartógrafo. Pero nos restaba abrir las sendas en montañas tupidas, talar los
árboles, construir los caminos en medio del esfuerzo y la incertidumbre.
Lo supe cuando volví a amar, más allá de todas
mis previsiones, por fuera de los límites de mi ciudad y sus habitantes
conocidos, cruzando los océanos que me separaban de mí misma. Supe que el mundo
que albergaba mi vida, mi mundo ―ese en el que reconocía mi nombre, mi pasado,
mi destino―; supe que a ese mundo aún le faltaba yo. No porque aquél fuera una
ficción o una mentira, sino porque aún no había ocurrido. Como si durante toda
la vida hubiéramos tejido y cruzado hilos de colores, contemplando sólo el
revés de la trama, advirtiendo la prolijidad o la desprolijidad de los cruces,
la hermosura de los colores al aproximarse entre sí, los nudos que indicaban el
fin de una madeja y el comienzo de otra. Y de repente, con un movimiento de
manos casi inadvertido por nuestra mirada, alguien diera vuelta el tejido
frente a nuestros ojos y mostrara, a nuestros ojos pulsados por el asombro, los
dibujos que asomaban al derecho de aquél; hermosos, de trazos definidos,
rebosantes de vida, aquietados de pérdidas y olvidos. Entonces entendemos los
colores y los hilos que se cruzaban, una y otra vez. O es también como si
hubiéramos seguido mil caminos, algunos hermosos, otros arduos; caminos
realizados por nuestro cuerpo y no ajenos a él. Y llegásemos a un lugar que no
era el buscado, a una ciudad que no estaba en nuestros mapas de viaje. Pero
lleva nuestro nombre y sus habitantes nos reconocen. Todo eso supe, todo eso
sentí cuando volví a amar.
Habitualmente, cuando alguien dice que ha
vuelto a amar, un mudo auditorio curtido de dolores y desengaños, escucha o
cree escuchar que antes sólo ha habido desamor. Pero no, no es así, no para mí.
No volví a amar viniendo del desamor. Llegué de nuevo al amor viniendo del
amor. De un amor lleno de calidez y de alegría, de un amor entrañable y feliz. Pues
sé, sé con certeza indubitable, que amé a Facundo, mi marido, el padre de mis
hijos, con todo lo que poseía de mi vida y mi historia. No dejé nada fuera de
ese amor: lo puse todo, todo lo que anhelaba, todo lo que sabía de mí, todo lo
que era mío. Sólo que no sabía cuántas cosas mías aún no habían llegado a mis
manos. Como un legado del que ya se nos ha hecho entrega y al que consideramos
toda nuestra herencia. Hasta que un
sobre inesperado nos hace saber que no era así, que una parte de aquélla aún
esperaba por nosotros e iba a ser depositada en nuestras manos. En mi vida,
Julián fue el sobre, el abrecartas filoso, las manos que me animaron a abrir el
pliego que el sobre contenía y a leerlo en voz alta. También el poema dicho
entre susurros, la canción escuchada en el silencio, la sonrisa preñada de
imágenes y añoranzas. Pero Facundo, en verdad, había sido el amor. El amor que
me sacó de una tierra sin palabras; el que acarició mi cabeza cansada por la
lucha; el que me enseñó que el amor era pasión, lucha y alegría.
Toda mi vida había transcurrido en el seno de
mi familia. Pese al paso por la universidad y la obtención del título. Porque
sí, es verdad, me había recibido de contadora sin mayores dificultades. Las
matemáticas siempre me habían resultado sencillas; los contenidos de las
materias contables eran una prolongación de las largas conversaciones y
discusiones de mi padre y mis dos hermanos en la mesa. Entendía la
contabilidad: los balances, los asientos, las diferencias que hacen revisar mil
veces las largas columnas de números. Creo haber escuchado hablar sobre estos
temas toda mi vida. Mi madre, que no pertenecía a ese mundo por profesión, participaba
siempre en la charla, sin ninguna reticencia. Su mirada era lúcida, aguda; sin
tecnicismos, cataba el talante psíquico y hasta moral de los clientes del
estudio contable.
― ¡No va a aceptar tu consejo, Negro! Es
demasiado temeroso para cualquier inversión―decía, ante las mil quejas de mi
padre por la falta de riesgo empresarial de uno de sus clientes.
Dicho y hecho. Al día siguiente, escuchábamos
la furia de mi padre por el desperdicio de las posibilidades de crecimiento de
la empresa y los vehículos cambiados todos los años.
O si no, escuchábamos a mi madre decir: ―No
puede ser que jamás le alcance. Tiene un hueco en el bolsillo ese hombre, ¡y un
hueco grande! Ese debe ser jugador.
Mi padre mascullaba las palabras, porque
conocía, en muchos casos, las sendas por donde se perdían las ganancias de sus
clientes. Pero no quería reconocerlas delante de mi madre, que jamás necesitaba
confirmación para su mirada sobre los seres humanos. Aunque, en realidad,
siempre creí que el libro que mi madre leía a la perfección, el libro que
narraba los talantes y los vicios de los hombres, era el rostro de mi padre,
sus gestos, sus palabras dichas entre dientes, su pródigos silencios. Cuando mi
madre murió, papá quedó, de muchas maneras, envuelto en una mudez profunda.
Pues hablaba, es verdad, hablaba de hechos y de gentes, pero nadie entendía ya
sus gestos, que parecían impotentes movimientos de un lenguaje de señas cuyo
intérprete se hubiera ausentado. Y a veces, por segundos, veíamos sus ojos buscar
en derredor, perseguir en el vacío los ojos penetrantes y buenos de mi madre,
allí donde todo su silencio se volvía palabras y sonrisas.
Tal vez por esa mesa de conversaciones
interminables sobre balances, tal vez por la ternura con la que los ojos de mi
madre rellenaban siempre los huecos y el huraño carácter de papá, ser contadora
y abrirme al amor en un mundo cuyos límites eran los impuestos, los
vencimientos y los formularios de la AFIP, me pareció lo más natural del mundo.
En cuarto año de la facultad, comencé a salir con un compañero. Facundo era
taciturno, como mi padre, con un gran corazón y un entusiasmo apasionado por
los negocios. Estudiaba Administración de Empresas y vibraba con la posibilidad
de comenzar una suya. Jamás he conocido a alguien que siguiera con tanta pasión
los avatares de la economía nacional e internacional, como si se tratara de la
novela más interesante que pudiese haberse publicado en todo el mundo. Ahora,
que ha muerto, siento cuán a distancia he quedado de ese mundo cuyas alturas,
mesetas y valles constituían mi horizonte diario. A veces, veo los titulares en
el diario y pienso cuántos comentarios
hubiera hecho Facundo, cuánto tiempo de
siesta hubiera empleado en conversar conmigo sobre lo que tal o cual medida
económica significaba o significaría para todos nosotros. Sí… al morirse
Facundo sentí que mil zonas de la realidad apagaban su luz frente a mis ojos,
como si su muerte hubiera sido un sereno de pasos quedos, un sereno que, antes
de retirarse, pasara cuarto por cuarto y bajara las llaves de la luz. Aún hoy,
cuando ha pasado ya tanto tiempo, cada vez que ocurre algo nuevo, quisiera
poder esperar su regreso a casa y preguntarle, como hice tantas veces:
―Gordito, ¿qué significa esto? ¿Qué crees vos
que va a pasar?―Porque sus respuestas hacían que la trama compleja del mundo
fuera para mí una almohada en la que podía apoyar la cabeza y dormir en paz. Fuese
como fuese, turbulenta o calmada, alguien descifraba para mí sus estrellas y
enderezaba el rumbo.
Lo amé con felicidad, con una íntima y honda alegría
que acompañó toda nuestra vida común. Lo amé con risas, con ternura, con la
pasión de mi cuerpo contenido en su cuerpo. Lo amé en los hijos, en la casa, en
el negocio familiar que se transformó en prolongación de nuestro mundo. Me
bastaba ver su sonrisa buena para no temer a nada ni a nadie. Porque donde
estaba Facundo, el mundo era razonable y factible; los problemas eran sólo
problemas, sin dramatismos inútiles; las soluciones eran relativas, con algunas
pérdidas, pero con pasos adelantes, proyectos, realizaciones. Peleábamos, por
supuesto; teníamos a veces ácidas discusiones y puntos de quiebre irresolubles.
Pero no había pelea de la que no hubiéramos logrado salir. Sin odios, sin
rencores, sin ofensas.
Un jueves a la mañana, Facundo viajó a Santiago
para asistir al lanzamiento de un nuevo producto, relacionado con los insumos
de nuestra empresa. Un colectivo salió de su carril para no atropellar al
conductor de una motocicleta cuya cubierta había estallado. Impactó de frente
con el auto de mi marido. Facundo murió en el acto, a pocos kilómetros de Las
Termas. Facundo había muerto y un policía me explicaba que no podía verlo
porque su cuerpo estaba totalmente destrozado. Y yo sólo quería explicarle que
no me importaba, que yo conocía cada detalle de sus manos, de sus pies, de cada
uno de los lunares de su espalda. El policía hablaba y yo no sabía por qué no
estaba muriendo yo también. Al ritmo de sus palabras desmañadas; así, de a
poquito, mis piernas, mi torso, mis brazos, mi cabeza. Escuchaba a lo lejos que
alguien decía que la esposa del muerto ya había llegado. Pero yo, yo no era la
esposa de ningún muerto: yo era sólo la mujer del hombre al que amaba. Sólo
alguien que no lograba apartar este momento y arrojarlo hacia algún costado del
camino, para seguir con su vida allí donde la había dejado. En el banco, para
pagar los últimos vencimientos; en casa, preocupada por los parciales de mi
hija menor; en el centro, porque tenía que comprar un regalo para el cumpleaños
de la hermana de Facundo; en el bar donde nos encontrábamos para tomar un café,
cerca de las diez, en el medio del ajetreo, para reírnos un rato o conversar o
sólo vernos. Sólo eso quería decirle al policía, decirle que yo no pertenecía a
ese momento, que mi marido me esperaba en el café de la esquina del negocio
porque eso hacíamos todos los días, y yo ya estaba llegando muy tarde. Yo muy
tarde y él ya nunca, ya nunca más entraría al bar y divisaría la campera
conocida, el café infaltable, su mirada de alegría al verme aparecer; ya nunca
más su sonrisa ni su mano en la mía; ya nunca más sus relatos ni sus enojos
irreductibles. Ya nunca más y yo sólo la esposa de un muerto.
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―Sra., ¿qué va a tomar?―me dijo el mozo.
―Un cortado en jarrita, Héctor.
El bar estaba casi vacío. Todavía era temprano.
Unas pocas personas con el diario infaltable, o con las abultadas agendas que
se revisaban, o con las netbooks o
las tablets. Los bares de ahora, las
soledades de ahora. Ya habían pasado casi dos años desde la muerte de Facundo.
El negocio había seguido funcionado; el ingreso de Marcos, nuestro hijo mayor,
recién recibido de contador, había aligerado mucho la carga e impreso un
dinamismo diferente al trabajo. Es verdad que mi presencia todavía era
necesaria, pero cada día me sentía descansar más en los hombros jóvenes de
Marcos.
― ¡Hola, María José! ¿Hace mucho que estás?―la
voz de Belén siempre me traía una inmensa inyección de coraje para vivir. De
hierro para la vida; con un corazón generoso en cada detalle.
― ¡Hola, querida! Acabo de llegar. ¡Qué lindo
verte! ―Realmente era así. Belén era una fuente inagotable de impulso para
vivir, para proyectar, para armar encuentros de amigos.
― ¡Para mí también!―Querida Belén de los días
buenos y los días malos, compañía de las tristezas sin término, de las
carcajadas que nos dejan con los ojos en llanto.
Conversamos
un poco sobre lo de siempre: el trabajo, los hijos, alguna noticia de alguna
amiga en común. Mi amiga no dejaba de asombrarme, pese a que la conocía desde
el secundario. Nunca vi en ella, ni siquiera en los momentos de enojo, un gesto
que la apartara de las dificultades de los hombres al intentar vivir. Su mirada
penetrante las recogía sin sentencias ni juicios lapidarios: la enfermedad que
aquejaba a una, la soledad del otro, el dinero que no alcanza… Belén y sus
manos que abrían la cartera cada vez que alguien se acercaba a pedir, Belén que
siempre, sin durezas ni reclamos, te hacía experimentar todas las aristas duras
de tu carácter. Por el solo gesto de sus manos o la preocupación de sus ojos al
contar un problema.
―Estoy muy entusiasmada con un proyecto nuevo
que tenemos en la fundación.
― ¿De qué se trata? No sé de dónde sacás tiempo
para hacer una cosa más.
― ¡Ja, ja, ja! ¡Habló tu alma ordenada y
tranquila! De las ganas de hacer cosas, saco el tiempo. ¡Y vos sabés que mis
ganas son inagotables!
― ¡Ya lo sé! Y creo que no hay conocido tuyo
que no lo sepa.
― ¡Así es! Porque siempre sumo a alguno. Así
que escuchá éste porque me interesa sumarte a vos.
Y Belén empezó a desplegar su proyecto frente a
mis oídos. Jamás se podía escuchar sus proyectos como si fuesen ideas locas,
anhelos que jamás se cumplirían. Mi amiga hablaba siempre de lo que iba a
hacer. Lo que todos los que la conocíamos sabíamos que dentro de un tiempo
sería realidad. Porque tenía el secreto de lo concreto, de lo factible y mil
caminos para hacerlo de otra manera si no llegaba a resultar el plan original.
Me dispuse a escuchar aquello en lo que estaría implicada yo, en breve, sin
vueltas, sin retorno. Tenía frente a mis ojos a la arquitecta y el albañil,
ambos en una. No sabía, sin embargo, no sospechaba siquiera que a los pocos
meses estaríamos en otro bar, con una cerveza entre las dos, hablando del
desorden y la intranquilidad de mi vida, con sus ojos llenos de risa.
―Te cuento y no me vas a decir que no, porque
ahora Marcos te ayuda mucho en el negocio.
― ¡Gracias a Dios! Cecilia también está por
empezar a ir. Han heredado el entusiasmo de Facundo. Además, creo que ahí se
sienten cerca de él; su oficina, el escritorio siempre ordenado, la máquina de
café…
―Pero vos no sentís igual.
―No, no siento igual. Es decir… siento que todo
ahí me hace acordar a él. Pero eso me duele, no me tranquiliza. A los chicos
los tranquiliza. Ahí está el papá y ellos se sienten bien. Yo, lo único que
siento, es que ahí ya no está. Los chicos sienten su presencia. Yo sólo siento
su ausencia.
― ¡Otra razón más para entusiasmarte con mi
proyecto! Te va a sacar un poco de esas ausencias.
Belén me expuso su bendito proyecto. Una de sus
tías, una abogada ya muy mayor y soltera, había donado a la fundación una casa
en San Pedro de Colalao. En el centro, frente a la plaza. La única condición
había sido que la destinaran a ser un hogar de tránsito o un refugio para menores
víctimas de violaciones. ¡Demasiada violencia había conocido en la vida de sus
clientes, demasiada injusticia en los juzgados, en las fiscalías, en las
comisarías! La casa era grande, con muchos dormitorios y un hermoso patio
interior, con esas viejas baldosas que asoman bajo macetas cuajadas de geranios
y un entramado de jazmines entre los ojos y el cielo. Creía ubicarla y hasta
haber llegado a espiar desde fuera el patio, protegido por una preciosa puerta
de reja de estilo colonial.
― ¡Muy bueno, como todo lo tuyo! Pero no sé
para qué me necesitás a mí.
― ¡Porque esta casa es sólo el principio!
Necesito un administrador. Administradora, porque serías vos. Pero no alguien
que se encargue de saber sólo cuánta plata necesitamos para la comida o los
remedios. Quiero alguien que piense las posibilidades de futuro: hacia dónde y
cómo buscar orientar a las chicas, cómo conectarnos con equipos de
investigación de la universidad, cómo interactuar con las capacitaciones que se
están dando en la policía para el trato con víctimas de violación, qué
programas de la Nación pueden resultarnos beneficiosos, qué decisiones de
compras hay que tomar, cuándo es el momento para comenzar a recibir víctimas
varones, cómo instalar en la sociedad la violación de los niños y los jóvenes…
― ¡Pará, Belén, pará! Tengo un negocio y de eso
vivo.
― Sí, tenés un negocio lleno de ausencias y
tristeza. ¡Y dos hijos entusiasmados y capaces! Podemos hacer una cosa: tomate
un mes de vacaciones de la empresa y te venís a San Pedro. Total, cualquier
problema volvés a Tucumán en el acto. De paso caminás, descansás, dormís un
poco y comés una que otra humita, que te encantan. Y después ya vemos. ¡Pero
quiero que te entusiasmés! ¡Y no me digás que no te podés tomar vacaciones,
porque es mentira! Facundo y vos siempre salían en esta época del año.
Conversé con los chicos. Le dieron la razón a
Belén, a la que adoraban. Y me encontré de repente con mi valija en el auto, en
dirección a San Pedro, con Belén que me esperaba allí con la promesa de humitas
y empanadas.
Al llegar, me ubicó en un hermoso cuarto que
daba al patio interior. La oficina de la administración quedaba adelante, con
un balcón antiguo que daba a la plaza. De esos viejos balcones en los que antes
podía verse las siluetas de los ancianos, sentados en alguna silla, llenos sus
ojos de la gente que pasaba, llena su soledad de transeúntes. Recordaba mis
vacaciones de niña en la villa, en alguna pensión: las bicicletas a la mañana,
las siestas en el río, el baño infaltable de la tarde y la salida a la plaza
hasta que cayera el sol. ¡Y los rosquetes que dejaban llenos de migas blancas
nuestra ropa! Era un hermoso día soleado de marzo y me sentí absolutamente
feliz. ¡Ahora, las empanadas y las humitas!
Caminamos con Belén, contentas, con la ropa
holgada y las zapatillas cómodas, del brazo, como viejas comadres. Las comadres
que éramos. El lugar estaba bastante lleno. Fin de semana de carnaval. Quedaban
sólo unas pocas mesas desocupadas.
― ¡Allí! ―señaló Belén―Acaba de desocuparse la
mesa a la par de la ventana.
Nos dirigimos con prisa, los ojos fijos en las
sillas vacías. ¡Ni nos fijamos en la mesa de la par!
―Belén, ¿cómo está? ¡No sabía que había
llegado! ―Un hombre alto y delgado, junto a una joven, se paraba para saludar a
mi amiga.
― Llegué esta mañana. ¡E invité a una de mis
mejores amigas, para ver si logro entusiasmarla con el trabajo del hogar! María
José, te presento a Julián Cáceres, pintor mezclado con oídos atentos, que nos
está ayudando a armar un taller de pintura y escultura. Como una forma de labor
terapia. La señorita es maestra aquí, ¿no es verdad?
―Sí―contestó Cáceres, no teniendo más remedio
que presentar a su acompañante―Marcela Rojas, maestra de la escuela. Está
tratando de ver cómo puede colaborar con la maestra de Plástica en el armado de
los talleres en la escuela. Siempre le ha gustado mucho la pintura.
“¡Y sobre todo, los pintores!”, pensé para mis
adentros, disfrutando ya de antemano los comentarios agudos que Belén haría
luego en la intimidad.
― ¡Encantada! ―dije, estirando mi mano a ambos―
María José Martínez de Prado, contadora empujada por la amistad hacia Colalao.
¡Por un mes, según los proyectos de mi amiga!
― ¡Un mes! ¿Y cómo ha logrado que su marido
acepte? ¡Es mucho tiempo!
―Sí, por supuesto; si mi marido aún viviera,
Belén no hubiera logrado traerme aquí. Pero falleció hace dos años. Y no se
preocupe, porque no tenía cómo saberlo.
―Si tu marido viviera―acotó Belén―, estaría
presentando nota por mesa de entrada, como me cargaba Facundo, para traerte
conmigo un fin de semana. ¡Qué hombre al que no le gustaba que estuvieras
lejos!
Sonreí, aunque un ramalazo de tristeza hizo que
se anudara mi garganta. Era verdad, Facundo quería estar conmigo el mayor
tiempo que le fuera posible. ¡Un mes! Ni en sueños.
Advertí que el hombre que tenía al frente había
captado el derrotero triste de mi mirada. “Uno más de esos que se creen con
derecho a acercarse porque estoy viuda.”, pensé. Ya había tenido que aguantar
varios avances de conocidos y extraños. Mis amigas se reían, cuando yo
renegaba, de lo que ellas llamaban el sex
appeal de la viudez, una especie de halo que mezclaba el carácter de
territorio abandonado por su dueño, que ya no puede correr o alejar a nadie,
con el de una fragilidad extrañamente atractiva. Me reía a veces con ellas,
pero no dejaba de darme furia. Porque en verdad había sentido que se acercaban
aquellos que jamás se hubieran animado ni tan siquiera a una mirada, si Facundo
hubiera seguido estando vivo. Y lo de la fragilidad era aún peor, porque era
verdadera. Yo estaba frágil, con el llanto dispuesto a asomar por mis ojos
siempre, con mi cuerpo que extrañaba el ritmo y la pasión de los cuerpos, con
mi psiquismo que no se acostumbraba a la vida sin el cuidado de otro, sin la
conversación permanente, sin la familiaridad que nos exime de explicaciones.
Era como haber sido expulsada de la propia casa y deambular entre los hombres
con un cartel que indica que una se ha quedado sin hogar. Sí, sin dudas, la
fragilidad era lo peor. Número dos en el ranking, después del horror de la
muerte y la nostalgia.
Nos sentamos a comer. La compañía de Belén, su
entusiasmo por mi llegada, el calorcito suave de marzo en Colalao…; todo
convocaba al brindis y a la risa. Pedimos un vino tinto, el mejor que tuvieran.
Hoy no era día de tristezas. Levantamos las copas, con los ojos brillantes de
amistad, de vida compartida, de fin de semana conversado hasta el hartazgo, de
patio con geranios y jazmines. Bebí con infinito placer, cerrando los ojos para
concentrarme en el sabor suave del vino, sintiendo que era hermoso vivir,
hermoso que mi paladar se dejara empapar de rojo y albergara su memoria de vid
y de parrales, hermoso sentir la nariz inundada de su aroma. Abrí los ojos
lentamente, como los abro en las mañanas en las que no tengo ningún apuro ni
urgencia, con el placer del sueño que asoma a través de los párpados. Los abrí
y encontré la mirada del pintor sobre mi rostro, mi copa, mi mirada. Después,
mucho después, un día que cenábamos en Cafayate y mis ojos recorrían, golosos,
la carta de vino para elegir cuál tomaríamos, Julián me dijo que yo había
comenzado a enloquecerlo ese mediodía en que vio mis ojos cerrados de placer y
mi boca saboreando el vino. Porque había visto a muchas mujeres que tomaban
vino, pero a ninguna disfrutar de él con tanta pasión en el rostro.
Ese fin de semana conversé largamente con
Belén. La casa estaba tranquila. El ritmo relajado del fin de semana recorría
toda la vivienda. Conocí a la trabajadora social y al personal que se ocupaba
de la casa. También vi correr a dos pequeñas, de no más de diez años… ¡hijas de
alguien que trabajaba allí, supuse! Mi amiga se quedaría conmigo hasta el
miércoles. Quería ponerme al tanto de las refacciones, presentarme al ingeniero,
mostrarme cómo se estaba llevando la administración, instalarme en mi
escritorio. Hasta mi llegada, uno de los empleados contables de la fundación se
había hecho cargo de todo. El se quedaría conmigo hasta ponerme al tanto.
Revisé todo, conversé con todos, empecé a organizar a mi manera y a llenar de
anotaciones una pizarra que encontré. Traje a la oficina un juego de sillones y
una mesita ratona que estaba sin uso en una habitación de atrás. ¡Odiaba
recibir gente haciéndola sentar en una silla frente a mi computadora! Además la
habitación era inmensa y estaba casi vacía. Compré un florero inmenso, para que
mi mundo de números no perdiera la belleza de la vida que brotaba por doquier a
nuestro alrededor. Coloqué sobre mi escritorio una cajita de música que mi hija
me había traído de su viaje de egresadas y una foto de Facundo y los chicos. Comencé
a buscar información sobre posibilidades de financiación, programas existentes
en Argentina, tipos y costos de las terapias que se recomendaban. Myriam, la
trabajadora social, me brindó su experiencia con una generosidad sin
precedentes.
El miércoles a la noche, Belén volvió a
Tucumán. Cerca de las dos de la mañana, recibí su llamado. Su empleada
doméstica acababa de recibir la visita desesperada de su hermana y su sobrina.
La jovencita, de escasos once años, había sido violada por su padrastro. O
mejor sería decir por la última pareja de su madre. Esta la había llevado con
su tía, pero se volvía con su hombre.
― ¡Seguro que la mocosa lo habrá provocado!
―fueron las palabras con las que cerró su intempestiva visita a la casa de su
hermana― ¡Hacete cargo vos, que es tu ahijada! Yo ya no la puedo tener, porque
si no, Pancho se va a ir.
Desesperada, la tía había llamado a Belén.
Belén sabía que así no era, que había que hacer la denuncia, llevar la chiquita
a la policía, a que la viera el médico, que el juzgado diera la orden… todo.
Pero su empleada le rogó.
― ¡Yo voy a hacer que lo eche al bestia ese,
señora! Ella me va a escuchar. Pero estoy enferma ahora y no puedo tenerla
conmigo― Belén sabía que todo era verdad, que su empleada estaba convaleciente
de una cirugía, que las explosiones de su hermana eran periódicas, que
terminaba escuchando y llorando, que la institucionalización tampoco era una
garantía de integridad física. Además, el hogar todavía no funcionaba. No
implicaba ingresarla formalmente en él. Así que accedió.
Myriam esperaba a la niña a la mañana, avisada
ya por mi amiga. Mi mundo, mi pequeño mundo familiar, no me había preparado
para esos ojos atravesados por la vergüenza y una oculta desesperación. Porque
cuando vi los ojos de Loly fue eso lo que vi: vergüenza, vergüenza por lo que
le ocurría, una vergüenza en la que se reconocía culpable, pues algo malo debía
haber hecho para que ese asqueroso, inmundo, cerdo inmundo de Pancho la hubiera
agarrado la tarde que su madre salió a llevar al bebé a la casa de su abuela.
Ya la había manoseado antes, cuando la encontraba en la pileta, lavando los
platos. Deslizaba sus manos desde atrás de su cuello, las metía por el escote
de la remera o el vestido, o le abría la blusa y las bajaba hasta agarrar sus
pechos pequeños, que recién comenzaban a crecer. La primera vez, Loly se había
hecho la de no darse cuenta, la de no saber qué estaba haciendo mientras Pancho
le hablaba y la tocaba. Las otras veces se alejaba ni bien sentía sus pasos
acercarse. Pero no siempre podía. Hasta que una tarde estuvo sola y Pancho la
arrastró hasta un colchón que había en la pieza de atrás. Sin miramientos, le
bajó la bombacha. Pese a los alaridos de terror, esos mismos alaridos que se
transformarían en aullidos de dolor y de asco cuando sintió que su cuerpo era
lastimado con un dolor tan insoportable que quería morir. Su madre la encontró
en el colchón, con la explosión de sangre bajo sus piernas. La levantó a los
golpes, insultándola; la hizo cambiar y así, sin preguntas ni consuelo, la
llevó a la casa de su madrina. Todo eso contaría después, cuando hubiera
logrado confiar, con sus ojos perdidos en el piso y los míos nublados de
lágrimas imparables. Pero ese día primero de su llegada, era sólo una pequeña
casi muda, hosca, desconfiada. Myriam la recibió y le enseñó dónde dormiría.
Yo estaba totalmente conmocionada. Mi mundo
había sido siempre un mundo protegido y feliz; el de mi hija también. Mi cabeza
no podía concentrarse en los balances ni en los proyectos de financiación.
Porque por primera vez me daba cuenta que todo eso era para proteger estas
vidas, estos cuerpecitos heridos y lastimados, estos dolores mudos y sus
silencios habitados por monstruos. Estaba totalmente devastada. En ese momento,
sentí que tocaban la puerta de mi oficina.
― ¡Adelante! ―La figura de Julián Cáceres
apareció frente a mis ojos.
― ¡Permiso! ¿Puedo hablar con Ud. unos minutos?
Belén me dijo que le trajera una lista de los elementos que necesito para el
taller.
―Sí, por supuesto. Algo me adelantó ya. Quiere
que le mande la lista de todo lo que es necesario comprar esta semana.
―Aquí está la mía―dijo Cáceres― ¿Está Ud. bien?
Está muy pálida.
―Ya va a pasarme, espero. Acaban de traer a una
chiquita violada por el concubino de la madre. Nunca había visto una mirada así
en toda mi vida.
―Le traigo un vaso de agua. No es una imagen
que se pueda apartar de la retina con facilidad.
Cáceres salió, para volver en minutos con un
vaso de agua y el aviso de un café que ya traían.
―Aquí tiene. Le puse azúcar para que se sienta
un poco mejor.
Tomé el vaso, agradeciendo el gesto.
Seguramente me habría bajado la tensión.
―No me imaginé esto. Pensé en balances,
organizaciones, notas… No pensé en las chicas. Tengo que decirle a Belén que
busque a alguien mejor que yo para esto.
― ¿Mejor que Ud. en qué? ¿En no impresionarse
la primera vez que ve el rostro de una pequeña violada? ¿Qué encuentre a
alguien que pueda seguir revisando sus balances, y a quien le baste cerrar la
puerta de la oficina para que el dolor quede fuera? Está equivocada. No creo
que Belén quiera eso.
Sonreí. En el medio del miedo y la
incertidumbre. No; Belén siempre sabe lo que quiere. No me había elegido sólo
por amistad. Me quería a mí.
― ¡Muchos vasos de agua necesitaré, entonces!
Porque me siento muy mal.
― ¿Tiene hijas mujeres?
―Sí, Cecilia, de 23 años. ¿Por qué?
―Porque entonces algo sabe sobre tratar a una
niña. ¡Ánimo! Myriam es excelente y José Luis, el psicólogo, también. Ellos
saben profesionalmente qué hacer. Pero Ud. no puede encargarse de ellas en los
planes y los papeles, ni hacer las gestiones que se necesitan, sin querer sacar
a estas chicas de ese horror. Y para eso, es necesario darse cuenta, de alguna
manera.
Me reconfortaron sus palabras. Había compartido
tanto la vida con hombres (mi padre, mis hermanos, mi marido), que la ausencia de
Facundo había desolado mi mundo. No porque no pudiera vivir, ni resolver
problemas. Eso sabía. Pero extrañaba su forma de ver la vida, su falta de
ilusión, su cercanía con ciertas desesperaciones que para mí eran intolerables.
¡Gracias a Dios, estaba Marcos! Pero él tenía su novia, su vida, sus proyectos,
y yo siempre había rechazado a las mujeres solas que transforman a sus hijos en
el sostén de su psiquismo.
Le sonreí. Ahora a él. Porque era verdad: hasta
ese día y la mirada de Loly, hasta ese día y las palabras de este hombre, yo
aún no quería, no con las entrañas, no con el fuego del impulso en los talones,
no con la memoria horrorizada; yo aún no quería sacar a estas pequeñas de ese
horror. Le sonreí con la alegría que siempre tengo al descubrir algo, sin que
importe cuánto eso desoculte mis límites o mis distancias con la vida o con los
seres humanos. Porque ahora podría correr esos límites, aunque más no fuera
unos centímetros, o aproximarme a los hombres unos pasos más.
― ¡Muchas gracias, Julián! Ya sé a quién buscar
cuando me vuelva a desesperar.
Cáceres sonrió. Y se fue. Yo quedé sola, pero
animosa, con ganas de empezar a trabajar. Me encerré en la oficina toda la
mañana, porque tenía mucho que hacer. De a ratos, me acordaba de las palabras
del pintor y sonreía. Pensé en Belén, tan hecha a las dificultades. En mí, tan
hecha a mi mundo. Cuando llegó el mediodía, me encaminé hacia el pequeño
comedor de diario. Sentadas en la mesa, estaban Myriam y la pequeña que había
llegado a la mañana. Comimos casi sin hablar. Por momentos, al moverse, la
chiquita hacía gestos de dolor. “¡Ese bestia!”, pensaba yo. Seguramente la
violencia del desgarrón la había dejado lastimada. Myriam y yo cruzamos algunas
palabras intrascendentes sobre el sol, las vacaciones y los geranios.
―Myriam, necesito mostrarle unas páginas web
que encontré sobre programas de atención de víctimas. Quisiera saber si los
conoce o ha sentido hablar de ellos. Le imprimí el que más me llamó la
atención.
― Paso ya por su oficina, si quiere. A la tarde
tenemos que ir al médico con Loly.
La pequeña miró asustada. Pensé en el horror
que la esperaba.
Mientras hablábamos con Myriam en mi oficina,
vi que Loly miraba la tapa de mi cajita de música. Tenía pintada una rosa sobre
su tapa.
― ¿Querés abrirla?―le dije―Tiene música adentro
y una bailarina pequeñita.
La abrió. La música comenzó a sonar. Sus
deditos pequeños tocaban los bordes de la falda de la bailarina. Le enseñé a
darle cuerda cuando la música terminaba. Escuchó la música, una y otra vez.
Cerca de las cinco de la tarde, después de la
siesta, cuando había vuelto ya a la oficina, escuché un llanto. Fuerte,
nervioso. Y la voz de Myriam que intentaba calmarlo. Loly lloraba, muerta de
miedo. O de nervios, o de recuerdos. Mis oídos sólo escucharon el llanto de una
niña, el llanto de una niña maltratada, manoseada, lastimada. Salí de mi
oficina con la cajita de música en la mano. La abrí, arrodillándome frente a su
cuerpecito que temblaba. Cuando escuchó la música, la pequeña empezó a calmarse.
― ¡Mirá la bailarina! Es hermosa, ¿no es
verdad?
Loly asintió con la cabeza.
― ¿Querés llevarla? Me la devolvés a la vuelta.
La pequeña dijo que sí. Intenté incorporarme,
pero sus brazos se estiraron hacia mi cuello y su cabecita se perdió dentro de
mi pecho. La abracé, sin saber si hacía bien o mal, si era conveniente o no. La
abracé porque necesitaba cubrirla, protegerla con mis brazos, con mi cuerpo.
Porque quería poner una muralla entre su cuerpito y la basura del deseo
violento de algunos hombres. La abracé porque no tenía palabras, ni las tengo
ahora, para sacar a una niña, a un niñito, de esas asquerosas cunas del horror
en las que algunos son extendidos y penetrados. Sólo mis brazos y una terrible,
insoportable, decisión de lucha. Muchos rostros heridos de soledad y miedo
pasaron luego por mi retina; algunos bracitos se colgaron de mi cuello. Pero,
en todos, sigo sintiendo la tibieza y el temblor de estos, que fueron los
primeros. A veces, la gente me pregunta qué me decidió a trabajar en el hogar.
Sólo tengo dos respuestas, que para mí son una sola: los brazos de Loly y el
amor. No hay ninguna otra razón. Ni siquiera cuando me someten a largas
preguntas sobre el prestigio de la fundación, ni sobre el carácter de avanzada
de muchas de sus prácticas, ni sobre todas las ayudas económicas que obtuvimos.
Los brazos de Loly y el amor.
Levanté los ojos. Julián estaba en la puerta,
con los ojos pegados a ese amasijo de cuerpos enredados que eran los de ambas.
― ¡Perdón! Me faltaba agregar algo en la lista
que entregué en la mañana y fui a buscarla en la oficina, pero no la encontré.
―Loly y yo estamos haciéndonos amiga―dije,
sonriendo, sin poder salir de ese milagro de la ternura de la niña en mis
brazos.
― ¡Ya veo!
La pequeña se soltó de mi cuello y estiró sus
manos hacia Myriam.
― ¿Llevamos la cajita de música de María José?―le
preguntó.
La cabecita decía que sí y dos manitos suaves recibieron
la cajita con una inmensa ternura.
Julián esperaba.
―La verdad es que estoy muy asombrado. ¿Qué ha
ocurrido? La dejé lívida esta mañana, por solo haber visto los ojos de la niña
y ahora las encuentro abrazadas y con la pequeña yéndose al médico con una
cajita de música que al parecer es suya.
Le conté lo que había pasado. Así, con toda la
conmoción que sentía, con toda la tibieza que seguía habitando mi alma. Lo vi
comenzar a moverse mientras yo hablaba. Estábamos en la cocina, porque de ahí
había provenido el llanto de la niña. Puso la cafetera, me sirvió luego una
taza y nos sentamos a conversar. Me sentía cómoda, pero me resultaba extraño
sentirme cómoda con un casi desconocido. Cuando se ha hablado tan largamente
con un solo hombre, cuando cada gesto es conocido y hasta nos son conocidos los
derroteros que seguirán las palabras, al poco tiempo de pronunciarse, es extraño
pensar que las palabras nos presenten, que dejen de ser esos caminos que nos
llevan o nos traen de casa y se vuelvan rutas en un mundo desconocido. Algo así
sentí en ese momento y durante bastante tiempo. Como una inmensa necesidad de
conversar. Pero, también, como si habláramos cada uno en su propio idioma,
frente a los oídos de quienes apenas conocen los rudimentos del lenguaje del
otro.
Cuando nos levantamos, rocé sin querer su mano
para levantar la taza de café. Sentí de repente el cosquilleo de mis tobillos;
ese antiguo, olvidado, recobrado cosquilleo con el que mi cuerpo comienza su
itinerario de placer. Mis tobillos, como si allí se encendiera una delgada
hilera de pólvora que ascendía por mis piernas hasta la parte de atrás de mis
muslos. Nos despedimos. ¡Todo era tan nítido y tan confuso!
Esa noche no pude dormir. Por todo, pero sobre
todo por Julián. Recordaba la forma en que vivía y sentía hasta hace tan poco,
la fuerza del amor que había sentido hacia Facundo… Nada de eso impedía esta
extraña sensación de alegría que tenía adentro, como una mariposa que aleteaba
sin parar. Sólo sentía un inmenso placer, unas inmensas ganas de vivir y ser
feliz.
Al día siguiente, el psicólogo vino a conversar
conmigo. Myriam le había contado de la reacción de Loly. Me explicó lo
importante que era que hubiera establecido un vínculo físico conmigo. Que era
importante que ese vínculo se mantuviera; lo mismo con la cajita de música (Loly
me la había devuelto al volver). Yo no me había dado cuenta que eso podía ser
tan importante. Por supuesto que me había dolido todo cuando recibí su abrazo,
pero no pensé que eso era tan especial. Nada conocía de violaciones ni dolores.
Pero pensé que Facundo me diría que tanto como
nada, no era verdad. Las personas siempre me contaban sus problemas, como si,
de alguna manera, entre ellos y yo siempre hubiera algunos corredores abiertos
por dónde podían deslizarse la intimidad y sus relatos. Tal vez porque siempre
he sentido un espontáneo interés por la vida, tal vez porque odio que la gente
se sienta sola y muda, tal vez porque sonrío. Mi marido siempre osciló entre el
asombro por la variedad de gente que me contaba su vida, al poco tiempo de
conocerme, y los celos por el tiempo que empleaba en esos menesteres. Yo
siempre me reí, porque me parecía totalmente ridículo que pudiera tener celos
de quienes sólo necesitaban conversar. Pero así era.
Las palabras de José Luis, el psicólogo, me
animaron a dejarme llevar por mis propias reacciones con Loly. Con un cuidado,
que él había subrayado con mucha fuerza: que fuera ella quien tuviera la
iniciativa del vínculo físico, abrazarla si me abrazaba, tocarla si me tocaba,
besarla si me besaba. Nada que pudiera resultarle invasivo de ese espacio
físico de su cuerpecito basureado. Hice así, lentamente, de a pasos pequeños,
como si dibujara a lápiz cada uno de los momentos de un movimiento, tal como se
hacía en los antiguos dibujos animados. Sentía, cada vez que se acercaba, que
los ademanes de mi cuerpo podían transformarse en una saeta que la desgarrara,
que las cercanías eran lentas, que su mirada seguía siendo esquiva.
Julián había pasado una o dos veces por mi oficina,
pero sólo intercambiamos unas pocas palabras. Lo vi una noche caminando en la
plaza con la maestra con la que lo había visto el primer día. La proximidad de
sus cuerpos me dolió. Pero, bueno, ¿por qué no podría tener una relación? A la
edad nuestra, casi todos los hombres tienen alguna. Me prometí a mí misma
concentrarme en el trabajo. Además, al día siguiente venían a visitarme mis
hijos y la novia de Marcos. ¡Humita en olla, sin duda! Mis hijos habían
heredado el gusto por mi comida preferida. Por supuesto que yo volvía a casa
seguido y nos habíamos visto muchas veces. Pero era la primera vez que venían
ellos. Facundo prefería Tafí y la playa, así que sólo una o dos veces pude
traerlos de pequeños. Colalao no formaba parte de sus recuerdos de la niñez.
Disfrutamos de la comida, mientras me contaban
mil detalles del negocio. Como chicos pequeños, Marcos y Cecilia se demandaban
el uno al otro, el papelón de Cecilia con el cliente más importante, al que no
reconoció; la llamada de atención de Marcos a una empleada; el problema que
habían tenido con los cortes de luz,… ¡Me encantaba oírlos hablar! Vicky
también se reía, a las carcajadas.
―Mamá―dijo Marcos, en una pausa de las
carcajadas―, también tenemos algo para contarte.
― ¿Qué es, hijo? ¡No me digás que quieren
casarse!
―Bueno, en realidad sí, pero antes que eso,
tenemos que darte otra noticia.
― ¿Otra noticia? ¿Quieren dejar el negocio y
abrir otro? Sabés que no sería lo aconsejable ahora, pero, bueno, si es tu
decisión…
― ¡No, mamá! ¿Dejar ahora la empresa? ¡Ni loco!
Sabés que estoy muy entusiasmado y recién siento que empiezo a manejarme con
tranquilidad. ¡Menos ahora que la vieja no anda por ahí rompiendo…!
― ¡Ja, ja, ja! ¿Y entonces? ―Marcos me tenía
intrigada.
― ¡Vicky y yo estamos esperando un hijo, mamá!
¡Vas a ser abuela! Y, sí, en el medio nos casamos.
Me largué a reír, a llorar, me paré a
abrazarlos a los dos, a mi Ceci. ¡No podía creerlo! Marcos, mi Marcos papá, mi
Marcos chiquito que llegaba de la escuela con el delantal siempre sucio de
tanto correr, de tanto jugar, de tanto caerse. Sentía una alegría sin límites,
una alegría por la vida, por esa pequeña vida frágil que ya estaba ahí, en
Vicky, junto a nosotros. ¡Dos meses de embarazo! ¡La mejor noticia del mundo!
Pedí una champaña para celebrar, pero no había.
― ¡Vamos al bar frente a la plaza! Creo haber
visto que ahí tenían.
Caminamos con alegría por las calles de tierra.
Yo sentía que volaba. Cuando nos aproximamos al bar, vi que en una mesa estaban
Myriam, José Luis, Julián y su amiga maestra. “Se nota que son pareja”, pensé.
Pero me sentía tan feliz que nada me rozaba.
Los presenté, sin dejar de contar― porque me
resultaba imposible no hacerlo― que iba a ser abuela.
― ¡Hemos venido a festejar! ¿Quieren acompañarnos?
― ¡Por supuesto!―dijo Myriam―Pediremos al mozo
que nos acerque otra mesa, así se sientan con nosotros.
Quedé sentada en la cabecera, rodeada por mi
familia. Brindamos por los padres, la tía, la abuela, el sol y la humita. Mis
hijos se reían.
― ¡Mamá, vos siempre brindando por todo junto!
―se burló Cecilia― ¿Qué tienen que ver tu nieto con la humita?
―Como decía el papá: “María José siempre
encuentra motivos para brindar. Por eso la extraño tanto cuando viaja”.
Me saltaron las lágrimas. Porque esta alegría
también era de Facundo, pero también porque las palabras de Marcos habían
traído a la mesa el recuerdo del amor que me rodeaba cada día. Eso era a lo que
no lograba acostumbrarme, a este exilio de la ternura, a este despliegue de la
vida que ya no era recogido por el amor.
―Se querían mucho, parece―observó Julián.
― ¡Muchísimo! ―contestó Cecilia―El papá era
insoportable cuando la mamá no estaba. Se ponía de un humor de perros.
― ¡Y después salían a caminar agarrados de la
mano! Nuestros compañeros nos decían que sus padres nunca eran cariñosos; los
nuestros se abrazaban, se besaban y todavía teníamos que escucharlos decirse
que se extrañaban. “¡Sepárense un poquito!”, les decíamos nosotros. “¡Así
puedan extrañarse de verdad!”
Todos se rieron. La conversación, lentamente,
comenzó a derivar hacia el hogar. Myriam y José Luis comenzaron a hablar sobre
Loly. Nada íntimo, porque estaban mis hijos y Marcela. Myriam estaba preocupada
porque la madre había llamado diciendo que quería venir a verla. Julián se
dirigió a mí, desde la cabecera opuesta de la mesa.
― ¿Ya saben sus hijos sobre su relación con
Loly? ―sus palabras me trajeron hacia el presente―Chicos, su madre tiene una
capacidad increíble de comunicación, como si siempre hubiera estado cerca de
este tipo de problemas. ¡Nunca vi al alguien establecer un vínculo tan rápido
con una pequeña en estas condiciones! Deberían haberla visto abrazada a ella, y
a la chiquita hecha un ovillo entre sus brazos.
―Myriam me lo contó, casi sin poder
creerlo―dijo José Luis―Es muy difícil obtener la confianza física de una
pequeña que ha sido violada.
―Yo hice un esbozo a lápiz de las dos juntas
esa misma noche, cuando volví a casa. Pero me falta mucho para lograr poner ahí
la expresión de sus ojos.
― ¿Qué expresión?―preguntó Vicky, asombrada.
―La de una mujer frágil que encuentra su fuerza
y se prepara para rugir. La de una muralla que comienza a levantarse. Verle los
ojos era como verla recibir el dolor y buscar una espada. Las dos cosas al
mismo tiempo: una ternura dolorida e infinita, un coraje que se despierta y que
todavía no se conoce.
Todos quedaron callados, yo más que ninguno.
Marcela rió.
―Julián, ¡no sabía que eras poeta!
―No soy poeta, soy pintor. Miro, miro las
expresiones, las formas, los colores. Miro y busco en mí qué veo y cómo
plasmarlo. Si no, sería sólo alguien que copia. Ya lograré encontrar en mí la
expresión de los ojos de María José. Hice varios bocetos, sólo de sus ojos,
pero aún no logro encontrar lo que yo vi.
La intensidad de las palabras de Julián me
impresionó. Pero pensé que yo no estaba acostumbrada a tratar con artistas.
Seguramente era eso. Un artista que ha encontrado algo para su arte. Mi hija y
mi nuera no pensaban así.
―Suegra querida, ¡nunca había visto un hombre
que ni se percate que está siendo obvio para todos los que lo escuchan!
― ¿Obvio en qué, Vicky?
― ¡Obvio en la atracción que siente por vos!
¿De qué ha hablado aparte de hablar de vos y preguntar por vos? ¡Ni le cayó la
ficha de que estábamos celebrando que vas a ser abuela! ¡Y nosotros, padres,
por supuesto!
― ¡Estás exagerando, Vicky! Es sólo un pintor
que ha encontrado algo para pintar.
― ¡Sí! ― intervino Cecilia― “la ternura infinita”,
“la muralla que se levanta”… ¿Esa chica que estaba a la par de él no era su
pareja? ¡No sabía qué decir cuando se largó con todo lo que te dijo! Y no me
digás que no es así, no me digás que es de puro artista, porque se le endurecía
el rostro cuando nosotros hablábamos del papá y de vos. Yo ya me había fijado
en eso antes de que dijera nada.
― ¡Todavía falta Marcos! Yo lo tenía al lado y
estaba cerrando el puño, como se pone cuando algo le molesta y se está
conteniendo. ¡La que me espera hoy, cuando se acuerde que, cerca de su madre,
alguien pasa horas haciendo dibujos de sus ojos! ―Vicky conocía el carácter de
su novio.
Me sentía muy incómoda, temblorosamente
incómoda, inquieta, joven. Pero no era poca cosa para mí la molestia de mis
hijos.
―Mamá, espero que ese tipo no te moleste―me
dijo Marcos cuando me besó al partir―De todos modos, ya falta poco para que
volvás a la empresa.
Marcos, el más duro de todos. En un minuto, ya
había decidido mi vuelta a Tucumán. La empresa, el nieto, los hijos, mi lugar.
A la tarde, salí a caminar. Todo se mezclaba en
mi interior. Pero las montañas parecían guarecer al sol a sus espaldas y
soplaba un viento apenas perceptible. El atardecer irremediable, la semilla de
nuestra vida que crecía en el vientre de Vicky, la tarde fresca… ¡Cómo no
disfrutar! Me sentía bien en Colalao, como si mi cuerpo me fuera más cercano,
como si todas las cosas pudieran encontrarme. Sentía que el dolor por la muerte
de Facundo había desnudado todo lo que yo era. Pero había creído, sin embargo,
que luego recuperaría mis ropas y podría de nuevo mirarme al espejo y reconocerme.
Con los ojos cargados de dolor, pero yo, yo de nuevo; la vida que era mía, mi
familia, mi trabajo, mi mundo. Sin embargo, no estaba siendo así. De muchas
maneras, sentí que mi cuerpo aún permanecía en el mismo estado de desnudez en
el que lo había dejado el dolor y la muerte. Sólo que no encontraba aún el
vestido que pudiera cubrirlo, un vestido que me permitiera reconocerme.
Las palabras de Julián me habían impactado. No
sólo su intensidad, o la atracción hacia mí que asombraba o molestaba a mis
hijos. También lo que había dicho. Porque había descripto exactamente lo que yo
había sentido, sin poderlo expresar más que a través de mis gestos y mi mirada.
Sin siquiera poder decírmelo a mí misma. Pero cuando escuché su voz apasionada
y me vi en sus palabras, sentí que esa era yo. Yo la ternura, la espada y el
coraje que aún no se reconoce; yo la muralla. Los bracitos de Loly, enredados a
mi cuello, eran como una túnica nueva que se había adherido a mi piel y
depositaba sobre ella su forma y sus colores. Yo no la había visto, pero Julián
sí. Eso era lo que me conmovía.
Los días posteriores no lo vi. De todos modos,
había mucho para hacer. Había tomado la costumbre de caminar al atardecer. Siempre
he amado el momento en el que la noche le ocurre al cielo, a las calles, a los
árboles. Como si los condujera a otro salón, los vistiera presurosos y los enviara
nuevamente a la pasarela donde sus imágenes vuelven a desfilar frente a los
ojos de los hombres. Sí… la noche nos ocurre a todos. Nos vestimos de noche,
nos cubrimos con todas las galas de la noche.
Una silueta alta y delgada doblaba por la
esquina. Era Julián, alumbrado por la brasa del cigarrillo que llevaba
encendido. Lo saludé con la mano.
― ¡Hoy ha sido un día lleno de encuentros! Myriam
a la mañana, José Luis al mediodía… y ahora Ud. ¿Cómo está, María José? ¡Todavía
contenta con la noticia del nieto, supongo!
― ¡Hola, Julián! Sí, muy contenta. ¡Fue una
gran alegría!
― ¡No es para menos! Pero supongo que eso no
cambiará su trabajo aquí.
―La verdad es que no lo sé. Los chicos van a
necesitarme. No entraba en mis planes el nieto ni el casamiento. Además, sólo
quedé con Belén en venir y ver qué pasaba.
Advertí una expresión rara en sus ojos. “La
luz”, pensé. Pero no, no era la luz.
― ¡No! No me diga que se le está pasando por la
cabeza la idea de abandonar esto.
― No lo sé todavía. Pero es una posibilidad.
Todavía puedo dejarlo armado y que otra persona siga. No ha abierto
formalmente.
―Creo que tiene que pensarlo y conversarlo con
Belén. Pero, bueno, capaz que extraña su vida allá, su empresa, sus hijos. O a
sus amigos. Seguramente tendrá muchos en Tucumán.
― Sí, tengo muchos amigos y amigas. Pero esto
es muy cerca. No hay problemas para verlos. No es eso: son mis hijos, que creo
que quieren que vuelva. Aunque primero se habían entusiasmado mucho con mi
venida.
Marcela, la maestra, se acercaba. Supuse que
habían quedado en encontrarse.
―Bueno, creo que ahí vienen a buscarlo. Me voy
a ver si como algo, porque estoy con hambre ya.
Saludé a Marcela y me dirigí hacia la plaza.
Cuando estaba cruzando, en dirección al hogar, sentí el ruido de pasos apurados
y una voz que me llamaba.
― ¡María José! ¡Espere! Marcela tenía que
volver a su casa porque la hermana acaba de pedirle que cuide a un sobrino. ¿No
quiere acompañarme a comer? Dijo que estaba con hambre.
Casi respondo que no. Me acordaba de la cara de
Marcos y su decisión de llevarme a casa. Pero la noche estaba hermosa y seguramente
nunca más estaría a solas con el pintor, dado que quizás tendría que volver a
mi antigua vida. Así que acepté. Fuimos a un bar pequeño, que yo no conocía.
Julián decía que allí estaban haciéndose las mejores empanadas.
― ¡Media docena de empanadas de carne y una
jarra de vino de la casa, mozo! Y si están buenas, pedimos más.
Las empanadas eran jugosas, con un picante
suave, riquísimo. Las disfruté, igual que al vino. Pedimos más: más empanadas,
más vino. Y conversamos sin parar, en esa extraña conversación de dos
desconocidos que se atraen. Me enteré que tenía una pequeña finca y nogales;
que la pintura había sido siempre su pasión, pero que sólo había logrado
dedicarse a ella mucho tiempo después, cuando ya las cosas marchaban. Por sus
palabras, creí entender que era el soporte económico de sus hermanos, siempre
en angustias de dinero. No se había casado nunca, aunque había tenido varias
parejas. Pero ninguna muy en serio, aunque ellas creyeran lo contrario.
― ¿Y ahora Marcela? ―pregunté―Por lo poco que
pude ver, no creo que ella piense que no es serio.
― ¡Eso pensará ella! Yo soy un hombre solitario
y me gusta vivir así.
“¡Enredos de soledad de los hombres!”, hubiera
dicho mi marido. La soledad que te entrega, la soledad que te puede. Y siempre
alguna mujer cerca; algunas queriendo amar; otras, sólo tapando el lugar de la
soledad. Hasta que alguna te vence, aunque no la ames; hasta que alguna te
impone su vida. Facundo siempre sufría por esas situaciones de sus amigos o
conocidos.
― ¡Ya la vida se los ha llevado puestos,
querida! No pueden pelear; ya los han vencido. Empiezan creyendo que va a ser
por un tiempo y después quedan encerrados hasta su muerte. ¿Te imaginás eso? ¿Morir
en manos de alguien que simplemente ha decidido que le pertenecías? ¿En sus
manos, sólo porque las tuyas no la pudieron apartar de tu vida?
Facundo, no. Facundo, duro como un pedernal con
cualquier mujer que quisiera avasallarlo. Porque detestaba la estrategias de
poder de las mujeres que querían dominar: dominar llorando, dominar gritando,
dominar siendo ´víctimas. Los largos años con mi marido me habían hecho
contrapesar mucho el discurso de victimización femenina. Muchas mujeres son
víctimas, es verdad; pero muchos hombres, también. Y la opresión no se encierra
en los límites de un género, ni es patrimonio exclusivo de ninguno de ellos.
Escuchaba a Julián y me imaginaba a mi marido. Entristecido, enfurecido,
compadecido.
―Yo quiero morir a tu lado, amor; yo sé que si
me enfermara, vos pelearías por mí―como decía siempre.
― ¡Vos sos la persona más buena que yo he
conocido!―como también me decía siempre, como jamás pude contárselo a nadie,
porque eso era nuestro. Porque muchos habían conocido nuestros gestos de mutua
ternura; otros suponían la atracción física, el juego y la familiaridad del
deseo; pero pocos o nadie fuera de nosotros había visto esas miradas en las que
uno recogía del otro la bondad y se guardaba en ella. Pero mis ojos no habían
podido acompañarte en la muerte, amor; no pude contener tu muerte, amor.
Es extraño poseer tan adentro a una persona,
presente en el alma incluso cuando se experimenta la atracción hacia otra. Tan adentro
Facundo, tan presente la certeza entrañable del amor, tan sola ahora porque no
estaba su amor. Sí, se me iba la cabeza. Se me iba y me refugiaba en la memoria
de su amor.
Me reí de la supuesta soledad de Julián. Pero
lo mismo era agradable estar con él y un halago ver sus ojos encendidos frente
a los míos. Llegamos al tema de mi posible partida.
― ¡Vos sos para este trabajo! ―El vino y la
conversación habían echado al “Ud.”―Sabés cómo conectarte físicamente con la
gente. Lo veo cuando voy al hogar. Todos se sienten cómodos, como si los
hubieras conocido hace mucho. ¡Me encantaría llevarte al taller de pintura y
ver qué dibujarías allí!
― ¡Ja, ja! Nada dibujaría, Julián, porque soy
una inútil para eso.
― ¡No, no! Estoy segura que podría enseñarte.
¡Me muero por verte dibujar!
Me reí sin parar. Alcé mi vaso, chispeante de
vino, de vida, de nietos en camino, de una mirada de hombre que se prendía en
mi rostro.
― ¡Brindemos, entonces! Por el hogar, el taller
de pintura, las empanadas y esta noche, tan hermosa.
― ¡Estás hermosa con el vaso de vino en alto!
Eso también tengo que dibujarlo.
Una voz angustiada nos sacó de la algarabía del
vino y los dibujos.
― ¡María José, Julián! ¡No sabía adónde
encontrarlos! Los llamé mil veces a los celulares―Había puesto en silencio el
mío para caminar en paz y después me olvidé. Julián decía haber dejado el suyo
en casa.
― ¿Qué ha pasado? ―la voz de Myriam tenía
demasiada angustia.
― Vino la madre de Loly a buscarla. Hablé a
Belén y ella a la abogada, pero nos dijeron que no podemos retenerla contra la
voluntad de la madre. Se la llevó, se la llevó de vuelta a su casa.
― ¿Ya no está ahí esa bestia? ―pregunté con
horror.
―Sí, sí está. Lo recibió porque se largó a
llorar y dijo que nunca más pasaría, que él la quería a ella, que la chiquita
lo había provocado.
― ¿Y Loly?―pregunté con los ojos ya llenos de
lágrimas.
―Lloraba, gritaba, pero no pudimos hacer nada.
Agarró tu cajita de música y la llevó. No importa, ¿no es verdad?
― ¡Loly, Loly importa! No puede estar ahí.
Sentí que las manos de Julián sostenían mis
hombros. No había forma, no podíamos hacer nada ahora. ¡La maldita denuncia que
no había sido hecha! ¡El maldito mundo bestial de los hombres en celo rondando
los cuerpecitos de los niños! ¡Las voraces mujeres hambreadas de hombres, que
abandonan sus hijas e hijos a sus cuerpos salvajes! Para no perderlos, ni en
sus camas ni en sus vidas, sin que importen el llanto, ni los gritos, ni el
horror.
Lo que Julián había visto. Las manos que buscan
la espada; la espada ahora entre las manos y el pecho que se rompía de dolor. Y
el coraje al que ya no tememos. Mi coraje, mi espada, mi niña amparada en una
cajita con una rosa en la tapa y una bailarina en su interior. “Mi angustia
cerca/y mi niña lejos”.
―Vamos, Julián, nos vamos a Tucumán. La
empleada de Belén es la hermana de esta basura, ella debe saber la dirección.
―Pero no podemos retirarla.
―No, no podemos retirarla. Pero podemos tocar
la puerta y decirle a esa mujer que nos permita ver a la niña. Y si no nos
permite, decirle que vamos a estar cerca y que si a Loly le pasa algo esa
noche, personalmente haré la denuncia contra ella, por cómplice. Vamos, quiero
que escuche mi voz, que sepa que estoy cerca. No voy a gritar, no voy a llorar.
Sólo quiero que me escuche.
Viajamos en la camioneta de Julián. Callados.
No podía pensar en otra cosa más que en la pequeña. Sentí la mano de mi
compañero de viaje sobre mi mano izquierda.
― ¿Esta no es la mano que tiene la espada, no
es así?
Me sonreí, sintiendo la naturalidad del
contacto físico.
―No, es la otra. La estoy sosteniendo con la
derecha.
―Yo sabía, sabía que ibas a agarrar la espada.
Lo que no sabía es que iba a verlo personalmente, que iba a sentir la tensión
de tu cuerpo cuando la agarraras.
―Cuando me tenías sostenida por los hombros―le
dije, recordando el momento, la decisión de muralla que se había abalanzado
sobre mi alma embravecida.
―Sí, en ese momento. Por unos segundos, creí
que ibas a largarte a llorar. Marcela hubiera hecho eso.
―Yo también lloro, Julián; no cuando alguien
más pequeño e indefenso que yo está en peligro, pero también lloro.
―Supongo que sí; supongo que habrás llorado
mucho estos años.
―Todavía lo hago. No todos los días, como los
primeros meses, como el primer año. Pero todavía siento que hay un millón de
gestos de Facundo que me falta que aparezcan en los recuerdos. Y lloro cada vez
que aparecen.
―Aunque tengás muchas ganas de vivir.
―Aunque la tenga. Es como dos hilos que se
cruzan: me alegra la vida, me duele su muerte. Todavía no puedo separarlos, ni
podría aguantar que alguien quisiera que dejara de dolerme su muerte.
―Pero no es fácil para alguien que esté cerca
de ti descubrir cuán presente está todavía.
Me quedé callada. No sabía qué decir. Nunca
había pensado en eso. Estos dos años sólo había sentido que ese era mi dolor y
mi derecho, que tenía derecho a la partida lenta de Facundo, tal vez porque su
muerte había sido tan repentina, que mi despedida se hacía cargo de respirar
despacio, de separarme lentamente de él. No pensaba en él todo el tiempo; a
veces, pasaba el día entero sin hacerlo. Pero sí, es verdad, Facundo me
habitaba. O yo habitaba aún dentro de su amor, de su manera de quererme, como
si se tratara de un inmenso recinto que me acompañaba, fuera yo donde fuera,
estuviera con quien estuviera. Había aceptado su muerte. Sentía cuánto me
atraía el hombre que me hablaba. Pero no podía aún salir de la sensación casi
física del amor de Facundo alrededor de mí. Tenía miedo, tenía miedo al frío de
la realidad fuera de su amor.
―Te has quedado callada.
―Ya debemos estar por llegar. Veamos si
encontramos la casa.―corté abruptamente la conversación. Julián soltó mi mano,
tal vez porque sintió su lejanía.
La madre de Loly nos atendió. Nos presentamos.
Loly apareció por atrás al oír mi voz. Tenía la cajita de música aferrada a su
cuerpo.
―Espero que nada le pase a ella. Absolutamente
nada. Mañana vendrá la Sra. Belén Ríos con la abogada de la fundación para
conversar tranquilas. Pero esta noche, piense si no es preferible que ese
hombre no duerma en esta casa.
― ¿Qué derecho tiene Ud. a meterse en mi casa?
― la madre de Loly gritaba, pero vi que sus ojos no estaban tranquilos.
― Ningún derecho. Pero mañana vendré con la
policía si a ella le pasa algo. Para que se lo lleven a ese animal y a Ud., que
es tan animal como él.
La mujer me insultó y cerró la puerta en mi
cara. No importaba. Supe que había ganado una noche en paz para la pequeña.
Subimos a la camioneta. Nunca me había sentido
tan fuerte y tan frágil a la vez. No, los dos estábamos seguros que la chiquita
estaría bien. La mujer había quedado con miedo. Decidimos tomar un café de
pasada y volvernos. Ya le habíamos avisado a Myriam que habíamos visto a Loly y
que creíamos que todo iba a estar bien. Tomamos el café sonriendo. La mirada de
Julián recorría mi cara, mis manos, de una forma tan fuerte, que casi podía
sentir el tacto de su mirada sobre mí. O quizás más acertado sería decir que
sentía la caricia de su mirada en todo mi cuerpo.
― ¡Qué noche! Creo que podría decirse que está
formalmente inaugurado el hogar. Ya hemos conseguido el espíritu que tiene que
animarlo.―dijo Julián, levantando su taza de café, con el gesto de un brindis―
Tu amiga Belén sabía lo que hacía al traerte.
―Pero se me ocurre que ni ella hubiera podido
sospecharlo. Pero hay algo que no entiendo. ¿Cómo lo supiste vos? Mi marido
jamás me hubiera visto así, y me conocía y me quería de miles de maneras.
―Quizás porque conocía y quería a la que eras
antes de su muerte. Yo conocí a la de después, a la que vino después de su
muerte. Tal vez la María José de antes no hubiera sentido esto. Pero yo sólo conozco a la de ahora. ¡Y me
gusta mucho, muchísimo! Pero eso ya lo sabés, ¿no es verdad?
―Sí. Sí lo sé.―y sonreí, le sonreí con toda mi
alma, con los ojos llenos de alegría.
El viaje de vuelta fue tranquilo, con la luz de
los faros que iluminaba el camino; con la luna, antigua chaperona de los
cielos. Me sentía tranquila, feliz, como si me hubiera mudado a una nueva casa
y esta última me resultara placentera, cómoda, amplia. Recordaba con alegría la
casa en la que había vivido antes, pero ésta era perfecta para mí ahora.
Cuando llegamos a San Pedro, vi que Julián doblaba
antes de llegar a la plaza.
― ¿Adónde vamos? ―pregunté.
―A mi casa. Quiero que hagamos un brindis por
algo. ¡Y tengo un vino espectacular! No creo que haya mejor ocasión que ésta.
Entramos a su casa, amplia, desordenada, con
montañas de láminas por todos lados.
― ¡Disculpá el desorden! No creía que hoy
pudiera invitarte.
Trajo dos copas y una botella de vino tinto.
―Tenía este Rutini reservado para este momento.
Me puso en la mano una copa llena y,
agarrándome de la otra, me llevó a su estudio.
―Aquí vamos a hacer el brindis. ¡Esto es por lo
que brindamos! Y creo que apenas comienza a reflejar tu rostro, por lo que he
logrado ver hoy. ―Me mostraba un caballete. En él, los cuerpos de Loly y el mío
se mezclaban. Pero no era eso lo que sobresalía. No; el cuadro entero estaba
concentrado en el rostro y los ojos de la mujer. Ojos de batalla, ojos de quien
ve una injusticia insoportable, ojos de compasión. Sobre todo, ojos de mujer.
Eran el centro de la pintura. El resto de las líneas y las formas convergía
allí.
Tomamos el vino con placer infinito, luego de
elevar las copas y brindar.
―Quedate esta noche―me dijo―Vamos, vamos a mi
dormitorio.
Lo besé, con los tobillos ya encendidos; con la
hilera de pólvora que ya ascendía por todo mi cuerpo. Su cuerpo en mí fue más
dulce que el sabor del vino, más fuerte que la dureza de los troncos duros; permaneció
en mi interior largamente, como esas olas que no parecen abandonar nunca la
playa, como esos banquetes en los que siempre sirven un plato más. Hasta que
mis encías sintieron llegar la creciente que se abría paso entre mis piernas,
ese lejano rumor que avisa que ya viene, que ya está llegando. No sé qué sintió
él. Sólo puedo recordar sus mil palabras. Pero besé sin cesar su rostro feliz,
sólo para acallar su voz que no paraba.
Los meses siguientes estuvieron llenos de
problemas, maltratados por distancias. Mis hijos, Marcela, los vaivenes de los
desencuentros. Todo ocurrió. Loly, Loly hablando conmigo y yo llorando sin
parar. El hogar que comenzaba. ¡Mi nieto y su ternura insospechable! Mil cosas
fueron duras. Pero ya acabó, ya acabaron la distancia y la dureza. Se soltaron
las manos del rostro de los muertos; se soltó el corazón de mujeres que tapan
soledades.
Como en esos antiguos mitos arcaicos de nuestra
tierra: después del sol, sólo fue el sol.
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