De espaldas a la esperanza
Ruth María Ramasco
Yerba Buena, 26 de febrero de 2014
Una jovencita delgada, muy delgada, con las
piernas cruzadas la una sobre la otra y un cigarrillo en las manos. Ese es el primer
recuerdo que tengo de Mili. No he logrado aislar ese recuerdo de lo que luego
conocí. A veces, he intentado hacerlo. He intentado recuperar para mi alma la
imagen de la primera vez que la vi. Sin nada que recordar sobre ella, sin
ningún horror, sin ninguna desesperación. No pude. Al contrario. Su imagen en
mi memoria es sólo el recuerdo de mi ingenua esperanza. Como si se tratara de
la puerta blanca de una casita de muñecas, por donde se entra a un recinto
oscuro y de ahí a un cuarto lleno de montículos de ropa que se ha podrido por la
humedad y el abandono, y de ahí a un baño con una bañera negra de sarro y un
olor insoportable, y de ahí a un patio en el que un gran hueco desamparado
acumula basura sobre basura, deshecho bajo deshecho.
Una jovencita delgada sentada en un banco de
una galería; una galería vieja, un banco viejo, un hospital viejo. Sus ojos
tenían esa falta de expresión que asoma en aquellos que casi nada ven, pero se
resisten a emplear anteojos. Una mirada que no puede seguir el desarrollo de los
gestos, ni de sus movimientos ni matices. La vibración de los hechos no
encuentra compañía en tales miradas, como si fueran una superficie quieta a los
que la vida no puede agitar con sus vaivenes y remolinos. Conocí después otros
ojos, mucho más ciegos que los de ella y, sin embargo, animados por una
vitalidad intensa. Tal vez porque su interior era un paisaje desbordado de
humanidad; tal vez porque los oídos se habían vuelto unos dedos delicados,
capaces de pulsar todas las cuerdas de vida que dejaban entrever los sonidos.
Pero Mili no era así. Al poco tiempo descubriría que esa mirada estrecha y sin
reflejos era amplia y vibrante comparada con su alma. Pues ésta era semejante a
una gran pizarra lisa, sin ningún trazo ni relieve. O a un pequeño cuarto sin
rendijas, salvo una por donde asomaban, voraces, dos manos que reclamaban que
le dieran lo que pedía; ya, sin demora, sin importar los costos.
Del hermoso nombre de Milagros sólo había
quedado un pequeño apodo. Como si de antemano no hubiera querido permanecer
junto a ella ni revestirla con una hermosura que jamás le pertenecería. Mili,
Miluka, Milikita. Jamás Milagros. Nuestra tierra es proclive a los apodos; en
algunos casos, como una inmersión en la niñez que jamás terminará; en otros,
como la pregnancia de una mirada que se detiene en nuestro cuerpo, o en un
momento que queda pegado a nosotros para siempre. Sí, a veces nuestros nombres
existen sólo en actas o en vergonzosas páginas de documentos. Pero no viven con
nosotros ni nadie nos nombra con ellos. ¡Extraña distancia con los nombres,
como si nuestra identidad se transformara en escondite!
Terminado el secundario, Mili se había
trasladado a estudiar a Salta. ¡Un sueño hecho realidad y su calurosa
Embarcación natal lejos! Un mundo aburrido, con algunas reuniones y fiestas. La
droga que abría sus senderos por las calles; la gendarmería siempre alerta a
las mochilas y las valijas. Lo único que molestaba a Mili eran los descensos de
los ómnibus para que la gendarmería revisara. ¡Con el calor que hacía
habitualmente! ¿Para qué controlar tanto? ¿A quién podía importarle eso? Lo
importante eran otras cosas.
―Ese gendarme me gusta― le comentaba a sus
amigas― Creo que el próximo viaje voy a traer una mochila más grande, a ver si
se demora en revisarla y conversamos.
―El chofer que hace el viaje de las cinco
también está bueno. ¡Miralo! Es el que está conversando con el que va manejando.
¿Qué te parece?
― ¡Un potro! Siempre lo miro, pero dicen que
acaba de casarse― comentó su compañera.
― ¡Ah, entonces tendremos que esperar unos
meses, para cuando ya empiece a pelear!―se rió― Pero acuérdense que yo pedí
primero.
― ¡En una de ésas no habrá que esperar nada!
¡Fijate cómo mira a la que está subiendo ahora!
― ¡Ja, ja, ja! ―la carcajada despertó la
atención de todos los pasajeros― ¡Tenés razón! En el próximo viaje nos quedamos
paradas adelante, conversándole.
Hombres, fiestas, ropa. ¿Qué más era importante
en la vida? ¡Nada más! ¡Los hijos, cierto! Claro que eso para más adelante. O
sólo si servía para hacer quedar a algún hombre que te gustara y quisieras
tenerlo cerca. Algunas afirmaban que de esa manera tenías alguien que te pasara
plata. Pero eso no funcionaba siempre y, además, aunque funcionara, era una la
que tenía que aguantar al bebé, los pañales y los llantos. ¡No por ahora!
¡Ahora Salta! Estudiar… ¿a quién le importa estudiar? ¡Pero ser estudiante
universitaria! ¡Ah… eso era otro cantar! Departamento, plata, salidas cuando
quisiera y sin horarios. ¡Y los padres viniendo algunos fines de semana para
hacerla comer cosas ricas y mimarla, pensando que se la pasaría estudiando y
extrañando! ¡Nada más ridículo que eso! ¡Lástima que Jessica no viniera con
ella! No a estudiar, se entiende. ¡Para salir y divertirse!
A veces pienso, al acordarme de ella, cuán
difícil resulta distinguir la delgada línea que separaban las palabras de Mili
de otras semejantes, dichas por cualquier chico o chica de su edad en una
situación parecida. No acierto bien a describirlo, quizás porque la conocí en
su primer año de universidad y yo, como la mayoría, preferí creer en la
juventud y su ilícita asociación cuasi natural con la bondad, más que en la
inhumanidad casi absoluta que vivía en ella. Cuando, a los pocos años, la vi
matar de hambre al más hermoso de los cachorros de una camada recién nacida,
sólo porque no tenía ganas de levantarse y ponerle agua, sólo porque no podía
imaginar que se iba a morir con unos pocos días sin comer, aún me resistí a
dejar atrás la inquieta esperanza que seguía teniendo en su juventud. Sólo
pasados años de esto, cuando la vi, mujer y con hijos, querer retener a una
empleada, menor de edad y embarazada, lo máximo que le fuera útil, para luego
despedirla en el momento del parto (―Es que ahí ya no va a serme útil― me
decía), construí una guadaña filosa para separar de mi mirada hacia ella toda
compasión, toda esperanza. Porque era capaz de despreocuparse absolutamente de
toda vida, tan absolutamente, que ésta parecía insignificante, mínima, borrosa.
Sólo algo, un yuyo, que pisaba sin mirar. “¡Es sólo un yuyo!”, decían sus ojos
y sus pies inclementes. Esa era la diferencia con el jolgorio de espacio propio
y libertad que experimenta cualquier joven que comienza a vivir solo. Mili
anhelaba estar sola desde el más absoluto desprecio por la vida de los demás,
sin que importara el costo en vida de otros, en dolor, en daño psíquico, en
gasto y pérdida; sin que importara nada más que su propia vida.
¡Que nadie pretenda hacerme mirar el mundo como
un enjambre donde los hombres sólo cruzamos enfermedades y miseria, opresiones
económicas y malestares psíquicos! Porque también existe el rostro de la
crueldad, del daño de quienes viven, del abuso infinito de otras vidas. Sé que
conozco eso en muchos hombres y mujeres, sé que no puedo evitar conocer en mí
tantas de sus raíces y sus ramas. Pero Mili fue para mí una bofetada a toda
esperanza, no porque fuera peor que muchos otros, sino porque fue en ella donde
por primera vez vi la malicia cruda de alguien joven. Esa malicia que consiste
en una indiferencia feroz hacia cualquier vida que no sea la propia.
― ¿Por qué tendría que importarme eso? ―me dijo
una vez― ¡Si no me sirve a mí para nada!―Eso, un ser humano, una vida que
transcurría cerca de sí.
Mili llegó a Salta con el alborozo de la vida
sin límites. No creo que pensara en el estudio, pero tampoco pensó jamás hasta
qué punto no tenía ninguna capacidad para ello. Porque realmente no entendía
nada. No entendía nada, pero no se daba cuenta de ello, tan increíble era su
mirada. Sólo una vez vi una ceguera semejante en otra joven: buscando imponer
sus palabras, sus ejemplos totalmente insignificantes, sin la más remota
comprensión de lo que significaba saber algo o poder responder alguna pregunta.
No, tengo que rectificar lo que acabo de decir: he visto miles de veces y miles
de personas opinar sobre lo que nada saben. Tal vez sólo asocié esta segunda
joven a Mili porque se parecía en la inexpresividad de los ojos, en la cercanía
con la dificultad física de visión. O quizás no deba rectificar nada, pues
ambas coincidían en la absoluta miopía para las demarcaciones y los límites.
¡Extraño mundo borroso donde ninguna silueta se delinea y sólo existe la propia
figura, percibida como voz y como deseo! Lejos de mí la persecución tenebrosa
del “Informe sobre ciegos” de Sábato. Borges y un alumno ciego muy querido se han
encargado para siempre de arrebatarme de su paranoia. Pero, tal vez por pura
coincidencia, la mirada borrosa de Mili sobre el mundo, esa mirada frente a la
cual casi nada aparecía, diluía los contornos de su propia silueta.
Comenzó a ir a la facultad. A trasladarse a
ella y a hablar sobre ella. Los horarios, las comisiones, los profesores. El
primer día conoció a otras dos chicas de Jujuy. Pero la habían aburrido mucho.
¡Tanto hablar de sus familias y de lo mucho que extrañaban! Que si el hermanito
menor tenía cinco años y ella lo llevaba al jardín y ahora con quién iría… Que
si la abuela vivía en Purmamarca y todas las vacaciones las esperaba y pasaban
con ella todo un mes…. ¡Una conversación insoportable! Pero no conocía a nadie
más. Así que decidió seguir con ellas hasta que se hiciera de otras amigas.
Además, las dos estaban de novias y sólo pensaban en volver a Jujuy todas las
veces que pudieran. Se levantó a fumar, porque sus insoportables compañeras le
habían hecho entender que no soportaban el humo del cigarrillo cerca. (“¡Por
Dios, qué densas!”, pensó, “no voy a aguantar mucho tiempo más.”)
― ¿Tenés fuego? ― le preguntó a una flaca de
pelo largo, medio despeinada.
―Yo no, pero el mozo del bar, ese alto, sí
tiene. ¡Y parece que le encanta que le pidan, porque aprovecha para preguntar
cómo te llamás y qué estudiás aquí.
― ¡Voy a pedirle! ¿Vos también has entrado este
año?
―No, el año pasado, pero no rendí nada todavía.
Mili se interesó: ― ¿Por qué? ¿Es muy difícil?
Su compañera largó la carcajada: ― ¡No sé!
Todavía no leí ninguno de los apuntes. ¡Ja, ja! ¡Año sabático, que le dicen!
― ¿Y no te dicen nada en tu casa? ― Si era
posible hacer esto, tenía que descubrir cómo.
― ¡Ni sospechan! Les miento que aprobé algunas
y que las otras son muy difíciles―la flaca se reía―Mi vieja no ha ido nunca a
la universidad, así que le puedo mentir tranquila.
¡Por primera vez se sentía cómoda desde su
llegada a Salta! Las jujeñas podían esperarla para siempre. Ya había encontrado
una amiga.
A partir de ese día, Mili y la Flaca (porque
ese era su apodo) pasaron mucho tiempo juntas. En los boliches, en las peñas, en
el centro a la tarde. A la mañana, no, porque había que dormir. Por supuesto
que también iban a la facultad. Escuchaban las clases, conversaban en los
pasillos, participaban en todas las fiestas. Pero no en las de primero. ¡Esas
eran muy aburridas! En las de los últimos cursos, con chicos más grandes. ¡Claro
que mucho mejor eran los boliches!
Hasta que la Flaca se enamoró, con todo su
cuerpo delgado, con toda su risa, con todos sus cigarrillos. De un artesano que
vendía pulseras y colgantes en una de las ferias; joven, tan delgado como ella,
con una cabeza llena de rulos largos y rubios. Se enamoró sobre cuentas
naranjas e hilos de colores fuertes; se enamoró de guitarras y voces, de manos
que trenzaban cueros delgados y piernas que se cruzaban sobre los duros
almohadones de las aceras. Nacho miraba a la Flaca, que había resucitado su
olvidado nombre de Candelaria, ese nombre que antes le parecía horrible, pero
que ahora, por el milagro de la voz de Nacho y su explicación del baile que se
hace en Bogotá para el dos de febrero, le parecía el nombre más dulce del
mundo. La Flaca miraba a Nacho y todo el mundo quedaba suspendido y extraviado
fuera de sus miradas.
Empezó a ayudarlo a hacer pulseras, moviendo
sus dedos ágiles mientras reía de presencias y miradas. Pasaba las tardes en la
feria, feliz, locuaz, cruzando palabras y gestos con los otros feriantes. De
boliches, ¡ni que hablar! Acurrucarse en los brazos de Nacho, a la noche,
después de hacer el amor en su departamento, era el mejor programa del mundo. O
ver una película de miedo, para reírse juntos de los gritos de la Flaca. O
cocinar unas pizzas y pelear porque Nacho siempre comía tanto que la Flaca
resguardaba sus porciones con la mano, para que no se las sacara.
Los primeros días, Mili había acompañado a la
Flaca a la feria de artesanías. Se midió las pulseras, caminó por la plaza,
conversó con algunos de los chicos. A su juicio, no había allí mucho para ver.
Después se hartó.
―Flaca, esta noche tenemos que ir a bailar.
¡Hace siglos que no vamos!
―No puedo, Mili. Ya quedé con Nacho en
juntarnos para hacer música.
― ¡Dejalo por una vez! Abren un boliche nuevo y
va a estar tremendo.
―No tengo ganas, Mili. Andá vos.
― ¡Qué obsesiva! Todo el día estás con él.
¡Salí con otro! Parecés mujer casada.
La Flaca se rió. No había palabra de su amiga
que pudiera arrancarla de las ganas locas de jugar con los rulos de Nacho, ni
boliche que se comparara con la calidez de sus piernas entre las suyas.
―Prefiero estar con él.
― ¡Falta que me digás que vas a empezar a estudiar!
¡Estás de la nuca!
―No, no me gusta estudiar. Pero tengo ganas de
buscarme un trabajo y dejar de hacerle la pantomima a mi vieja.
― ¡Estás loca vos! ¡Ese vaguito te ha comido el
cerebro!
Mili estaba furiosa. Con la Flaca, con Nacho,
con esta idiotez del amor. Divertirse, estaba bien; pasar unos días jugando a
enhebrar collares, no le hacía mal a nadie. ¡Pero abandonar las salidas por un
chango…! Además no tenía un peso. Ni auto. Ni nada. ¡Y no lograba convencer a
la Flaca de que anduviera con otro! ¡Por una noche, al menos! Volaba de la
furia.
Esa noche tenía que salir. Pero odiaba salir
sola. Mientras rumiaba su odio hacia Nacho y hacia la Flaca, sonó el celular.
¡La pesada de su mamá! ¿Qué querría esta vez!
― ¡Hola, mamá! ¿Qué querés ahora? ¡Ya te he
dicho que no puedo concentrarme para estudiar si me interrumpís por cualquier
estupidez― le bastaba escuchar su voz para tener ganas de matarla.
― ¡Disculpame, hijita! Ya sé que estás en época
de parciales. Pero tu tía Nena necesita que le hagás un favor.
― ¿Qué quiere ahora esa vieja insoportable? ¿Se
cree que porque le ha conseguido un trabajo de preceptor a tu hijito querido yo
le debo algo?―Mili no toleraba a su hermano, el preferido de su madre por
lejos.
― ¡Hija, es sólo un favor pequeño! Está en
Salta con tu prima, la Sole. Fue para una conferencia y los organizadores
habían preparado una cena importante para poder discutir sobre no sé qué y no
sabe a qué hora se desocupará. Dice si no se puede quedar tu prima con vos esta
noche. No la quiere dejar sola en el hotel.
― ¿Qué le va a pasar? ¡Nada! Va a ver
televisión, o estar con la computadora y después se va a dormir―Ni se acordaba
del rostro de su prima; las reuniones familiares le resultaban aburridas e
insoportables y hacía años que trataba de no ir casi a ninguna. Además, su tía
Nena vivía en Orán; razón de más para no verla nunca.
―Mili, ya sé que es una complicación para vos.
Más en esta época.―Mili se rió al pensar qué bien engañada estaba su madre―Pero
dice tu papá que si lo hacés, saldrás en el próximo viaje a comprar ropa.
Eso cambiaba la situación. ¡De compras con su
papá, que no tenía idea de lo que valía la ropa! Le podía hacer comprar
cualquier cosa, la campera negra con tachas que había visto ayer, por ejemplo.
Estaría bueno.
―Bueno, mamá. Decile al papá que sólo porque él
me lo pide. Porque lo quiero mucho. ¡Pero que se acuerde de que vamos a salir a
comprar ropa!
― ¡Gracias, hijita! ¿Necesitás que te mande
algo?
― ¡No, mamá! Pero no llamés tarde, como te
gusta a vos. La última vez acababa de tirarme a descansar media hora antes de
seguir estudiando y justo sonó el celular y me despertaste―Su vieja molestando
a las diez de la noche, justo a la hora que le gustaba dormir un rato antes de
empezar a producirse para salir.
― ¡Está bien, hijita, está bien! Te mando un
beso grande.
― ¡Otro!
Una hora después, sonó el portero eléctrico.
Era su prima. Bajó a abrir la puerta malhumorada. Pero no la veía; claro que
hacía mucho que no estaba con ella. Sólo había una chica alta, con un cuerpo
impresionante.
― ¿Mili? ―dijo la chica desconocida―Soy
Soledad, la hija de tu tía Nena.
Mili no podía creerlo. ¡Impresionante! ¿Quién
podría pensar que tenía 14 años? ¡A ésta la dejarían entrar a los boliches sin
preguntar! No había necesidad de quedarse esa noche; total, lo mismo le iban a
comprar su campera.
La hizo subir al departamento. Conversó con
Soledad sobre la facultad, con el disfraz de palabras que la convertían en
estudiante de clases y parciales, de apuntes y colas en la fotocopiadora. Con
el encanto fingido de la prima mayor que anima a la confidencia, logró que le
contara del chico con el que salía, un vecino del barrio que le había gustado
desde que iba a la primaria. Mili se reía y preguntaba, sobre las salidas,
sobre cómo habían comenzado, sobre la madre que apenas le daba permiso. ¡Y
sobre Marcos! Dos horas de charla sobre el maldito e insignificante Marcos,
bueno, hincha de Boca, muy querido por sus amigos, mandándole mensajes al
celular todo el día.
Cuando ya la intimidad parecía haberse creado, se
animó a preguntar:
―Sole, ¿no me acompañarías esta noche a salir?
Una amiga me avisó que mi compañero de la facultad, ese del que te hablaba, va
a ir esta noche a un boliche que vamos siempre. ¡Me muero por verlo y todas las
últimas semanas me la he pasado estudiando y sin salir!
Mili espiaba el rostro de su prima mientras
ésta escuchaba sus palabras. Había descubierto, hacía ya mucho tiempo, que
bastaba poner sobre el propio rostro las cosas que eran queridas para la
persona con la que hablaba. Y entonces, ¡a cobrar!, la tenías en tu bolsillo,
haciendo lo que dijeras, porque creía que amabas lo que ella amaba. El amor, se
había puesto sobre su rostro, como una máscara para manipular enamoradas, el
amor de Soledad. Soledad que experimentaba ahora lo que ella sentiría si no
hubiera visto a Marcos en semanas y tuviera ahora la posibilidad de hacerlo;
Soledad que veía frente a sí a su prima mayor, estudiante universitaria, que la
había recibido tan bien.
― ¡Me mata mi mamá si se entera, Mili!
― ¡No se va a enterar! ¡Me muero por verlo!
Tenés que hacerme pata.
Mili era capaz de largarse a llorar. Era genial
en eso. Su papá sabía que cuando Mili empezaba, no paraba nunca. Podía llorar y
rogar durante una tarde entera. ¡Hasta que le dieran lo que quería! Empezó a
preparar su escena favorita. Pero no necesitó hacerla.
― ¡Ay, Mili! ¡Me da no sé qué mentirle a mi
mamá! Pero… bueno, todo sea para que lo veás.
Ya estaba, ya podía salir. Una vez más, como
casi siempre, había conseguido lo que quería. Ahora sí, a vestirla, a pedir
prestado a su vecina, que era alta, un vestido para Sole. Con los zapatos no
había problema, porque calzaban lo mismo. Se divirtió maquillándola,
transformando su rostro en el de otra, lejana a los catorce; lejana a su vida
cuidada, a su madre, al vecino amado. Lejana también a los ojos de la Flaca,
que ahora andaba con los ojos despintados; idiotas ojos alegres con las retinas
llenas de Nacho.
― ¡No te preocupés! Aquí todo el mundo se viste
así y tengo que hacer que parezcás más grande.
Llegaron al boliche tarde. Al poco tiempo de
entrar, Mili se llevó aparte a un conocido.
― ¿Te gusta mi prima?
― ¡Ja, ja, ja! ¡Un camión tu prima! Nada que
ver con la flaquita con la que siempre venías.
― ¿No está el Mocho? Se la quiero presentar.
― ¡Estás loca, Mili! ¡El Mocho..!. Sabés que
está volado la mayor parte del día.
― ¡Qué exagerado! Uno que otro porro, nada más.
― ¡Qué uno que otro porro! Consume fuerte.
― ¡Mi prima quiere probar! ¡Qué le va a hacer
un porro!
Mili, Mili sin careta ni ternura. La Mili que
gesticula imitando a su abuela enferma y riéndose sin parar de su boca sin
dientes. La Mili que robaría luego la billetera de su padre en el velorio de su
madre y el monedero de su empleada doméstica, para reír imaginando sus rostros.
Mili, que tomaría tranquilizantes cuando tuviera que llevar alguno de sus hijos
al médico, para no ir, para que el reto por las colitas lastimadas de tantos
pañales no cambiados lo recibiera alguna otra, no ella. Mili, que enviaría sus
hijos pequeños a la plaza, hasta después de las doce, para poder estar con
algún hombre en casa, sin ser molestada por los tres y cuatro años de los más
chicos.
Mili, que encontró al Mocho y señaló a su
prima. La misma que le pidió que la acompañara al baño. Allí la entregó: al
Mocho y sus amigos, todos drogados.
― ¡Quiere acompañarlos en la fiesta!
Mili, la misma Mili que la despertó después,
que se rió del cuerpo joven desgarrado y golpeado, de la droga que no terminaba
de abandonar el cuerpo.
― ¡Primita! ¡Qué manera de divertirte! ¡Habías
sido de la pesada!
Mili, sin la piedra en el zapato que le
molestaba para caminar. ¡Los ojos felices de la Flaca, los ojos felices de su
estúpida prima! Por lo menos, había logrado borrar la felicidad de una de las
miradas.
― ¡Son terribles estas chiquitas del interior
cuando vienen a la capital!―comentó con todos sus conocidos
―Tía Nena, ¡no sabés cómo le rogué que no
saliera! Si hasta perdí la noche entera de estudio, por venirme detrás de ella
―los ojos se le llenaban de lágrimas―Tía Nena, ¡cuánto lo siento, cuánto siento
que haya muerto mi primita!
¡Mi Sole, hija querida! Mi Sole muerta y yo, yo
escuchando las palabras de Mili; yo, que miraba el rostro de mi sobrina, a la
que ni siquiera había reconocido. Sólo una joven delgada, con un cigarrillo en
la mano, en un viejo banco, en una vieja galería, en un viejo hospital.
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