Biografías tucumanas
Vida pública, hombres públicos
Dra. Ruth Ramasco de Monzón
San Miguel de Tucumán, 29 de marzo de 2011
Como para los otros dos panelistas, es para mí un honor participar en la presentación de la obra Biografías tucumanas. La Prof. Susana Montaldo me ha pedido que analice el significado de la misma desde dos lugares: el lugar profesional de la Filosofía, el lugar de los familiares de las personalidades cuya acción pública se relata en este texto.
Respecto al primer pedido, intentaré esbozar el sentido de vida pública que es, a mi juicio, uno de los mayores logros de esta obra. Respecto al segundo, hablaré como tataranieta de don Lucas Córdoba, no en el marco de su historia personal, sino en lo que creo que este libro significa para todos los que pertenecemos a las familias de los hombres y mujeres cuyas vidas asoman en las palabras, los dibujos y las historietas de esta obra.
Respecto al primer pedido, intentaré esbozar el sentido de vida pública que es, a mi juicio, uno de los mayores logros de esta obra. Respecto al segundo, hablaré como tataranieta de don Lucas Córdoba, no en el marco de su historia personal, sino en lo que creo que este libro significa para todos los que pertenecemos a las familias de los hombres y mujeres cuyas vidas asoman en las palabras, los dibujos y las historietas de esta obra.
Según las palabras con las que la Prof. Montaldo presenta esta obra ―realizada con la colaboración de la Prof. Ma. Esther Ferreyra y la Ms. Alba Ferreyra y la labor de César Carrizo y su equipo en la elaboración de las historietas―, la historia de nuestro mundo nacional común está incompleta si olvida la vida y los acontecimientos de las provincias argentinas, aquello que es “local”, “popular”, “diverso”. La historia se vuelve desmemoria si sólo recuerda y propone la uniformidad de un relato que se construye por el exilio de dolores, logros, vidas, muertes. Pues cuando este exilio se produce, no sólo quedan fuera personas y acontecimientos del pasado, sino niños, jóvenes y adultos que no podrán recibirse a sí mismos, ni proyectarse en la trama de este mundo incompleto. En tal sentido, la desmemoria no es sólo una lápida sin nombre en un terreno oculto y alejado, sino una fosa común que espera a los nuestros, puesto que no podrán nombrarse a sí mismos, ni construir su filiación y su pertenencia a esta vida común. ¿Qué nombre, qué vida y acción, podrán darse a sí mismos los entrañablemente nuestros, nuestros niños, nuestros jóvenes, si aquellos que concuerdan con su identidad profunda, con sus anhelos, con los lugares en los que viven, se encuentran sumergidos en el olvido y sólo nos son propuestos itinerarios de vida y de acción profundamente lejanos a lo que somos?
En los pequeños relatos biográficos de personalidades que son tucumanas por nacimiento, por adopción, o por la obra que se ha vuelto vida y posibilidad para todos, vemos asomar, entrecruzados con las decisiones que entraman sus vidas, los lugares en los que hemos nacido y en los que quizás muramos, las calles que recorremos al caminar, los edificios que nuestros ojos ven tantas veces sin asombros ni esperanzas, las instituciones que conocemos o criticamos. Como ver cuando la Av. Mate de Luna abre el camino hacia nuestro cerro, o el hospital San Miguel se vuelve hospital Zenón Santillán, o la Universidad o el Consejo de Educación aparece en nuestra vida común. O ver surgir la legalidad que nos rige, los códigos, la escolaridad obligatoria, la ley de fe de erratas; o los ferrocarriles que unen por primera vez al norte con el resto del país, o las propuestas de diversificación de los cultivos, o la Granja Modelo, o el agua que se vuelve riego de nuestro suelo. O ver cómo las epidemias se transforman en iniciativas de una inmensa generosidad, como la acogida de los huérfanos que ha dado lugar al surgimiento de comunidades religiosas tucumanas, como las dominicas o las pachequinas, o a la de Casas que los albergan hasta hoy, como la Sala Cuna.
Estas biografías tucumanas son diversas: hombres y mujeres, artistas, políticos, periodistas, sacerdotes y religiosas, abogados y juristas, educadores, sindicalistas, pensadores, poetas y literatos, folkloristas, cineastas, deportistas. Los vemos en sus lazos de familia, en sus amistades y enemistades, en sus discipulados, en las funciones que abandonan para construir una vida común que recién nacía.
En realidad, lo que nuestros ojos contemplan, es ese momento en que la vida individual no se ha querido para sí, sino que ha querido construir una vida común. Esa decisión es la que ha transformado su vida privada en una vida pública. Una vida que se expone, pues las decisiones serán limitadas y siempre sujetas a errores y rechazos; una vida que acepta la inmensa magnitud del conflicto y las hostilidades profundas e irresueltas que constituyen nuestro espacio común; una vida que se vuelve obra, llámese ésta código, o calle, o ley, o pintura, o poesía, o trayectoria educativa. Y si uno considera la inmensa dificultad que implica llevar adelante en nuestro suelo alguna obra, nos es necesario decir que esto no puede ser sólo obra de la vanidad o la codicia. Pues estas biografías nos muestran una inmensa ingratitud, desconocimiento, miseria al final de la vida de muchos, olvido cuando han muerto. Estas vidas que se han vuelto obras para todos son el sustrato de nuestra vida tucumana; más aún, constituyen una parte viva de nuestra común vida de argentinos, cuya identidad se deslegitima por este olvido.
Luego de este lugar de lo público, unas palabras desde el lugar de las familias de los protagonistas de estas vidas. Estas biografías que hoy se publican no son sólo un conjunto de vidas singulares: representan la vida de un montón de familias de la sociedad tucumana; representan su diversidad, su riqueza, su complejidad. Para quienes siguieron o acompañaron sus vidas desde el lugar del hijo, la esposa, el hermano, el nieto, los amigos, los bisnietos o tataranietas, esta decisión o este alud que es a veces la vida pública, ha puesto sobre la mesa común de los tucumanos nuestra propia vida. Pues es también ésta la que ha sido compartida, a veces regalada, a veces incluso olvidada, por la presencia de una inmensa pasión que atenazaba sus almas. Es verdad que tenemos el orgullo de su vida y sus hechos en nuestra memoria familiar; es verdad que su nombre nos dignifica. Pero, pocas veces se dice cuánta soledad; cuántos días sin padre, ni amigo, ni hermano, han recorrido nuestras vidas; cuántas muertes prematuras, cuánta miseria hay en la mesa de los hijos cuando muere un padre o una madre público y probo. ¡Cuánto olvido ya desde el comienzo, cuánta hojarasca de falsos amigos cae al suelo con el viento de sus muertes!
Para los ojos de muchos, acostumbrados a la denuncia permanente del enriquecimiento ilícito, tan verdadera para tantos, la mera posibilidad de que la vida pública sea pérdida para alguien, es una quimera o una mentira. Sin embargo, muchos de los nuestros no se han enriquecido; su vida pública ha significado una inmensa pérdida de prestigio, una inmensa carga conflictiva llevada sobre los hombros, o incluso el exilio o la muerte. Quienes formamos parte de estas familias, y participamos hoy agradecidos de esta iniciativa que propone nuevamente a los nuestros como trama de la educación de nuestro pueblo, rechazamos todo lo que en la historia de nuestra provincia signifique y haya significado abuso de la función pública en aras de beneficios personales, nepotismos arbitrarios o enriquecimientos ilícitos. Pero también estamos cansados de que cada vez que se hable de una función pública, sea cual fuera, el grueso de la sociedad sólo vea en ello dinero, estafa, apropiación. Porque lo que es verdadero para algunos, incluso para muchos, no necesariamente lo es para todos. No necesariamente lo ha sido, no necesariamente debe serlo para la vida joven de nuestra experiencia provincial.
Es por esto que pensamos que Tucumán necesita devolverse a sí mismo la memoria de la probidad y construir una memoria digna y llena de legítimo orgullo por hombres y mujeres que han transformado en obras para todos su propia vida. Necesitamos recuperar esa inmensa pasión por la vida común que ha construido esta provincia y ha cooperado con nuestra vida nacional. Creemos que se encuentra en el propósito de esta obra devolvernos no sólo sus vidas, sino enamorarnos de su pasión. Y su pasión tenía un nombre propio: se llamaba Tucumán. El Tucumán que se pinta, que se canta, el Tucumán que se piensa, se gobierna, se legisla, el Tucumán a cuyos trabajadores se defiende, el Tucumán cuya fauna y flora se investiga minuciosamente; lo que nos es común se llama Tucumán.
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