sábado, 16 de abril de 2011

LAS MÁSCARAS


LAS MÁSCARAS

Ruth María Ramasco


“¿Puede una madre olvidarse de su creatura, dejar de querer al hijo de sus entrañas? Pues, escucha Israel, aunque ella se olvidara, yo no te olvidaré” (Is. 49, 15)



- I -


¿Puede haber madres sin amor? Nuestras entrañas de hijo se estremecen.

Pero nuestra memoria guarda la danza sombría de sus rostros: sonrisas de abnegación, voracidad de dominio. Lo que dicen no es: ¾¡Te amo!¾

Aunque esas sean las palabras que escuchemos. No … Lo que dicen es:

¾¡Ámame! ¡Hónrame! ¡Constrúyeme un altar delante de los ojos del mundo!
Que tu dolor y tu miseria sean las joyas que yo exhiba; yo, la que sufro por ti. Que tus logros sean míos, porque te he engendrado.

No importa que el dolor socave lentamente tu cuerpo, no el mío. No importa que mi esfuerzo haya transcurrido en meses, y el esfuerzo de tu vida en decenas de años: de todo lo tuyo puedo apropiarme. Mi campo de rapiña es tu vida; mi botín, tus huesos y tu sangre. Si intentas defender de mí un milímetro de tu alma, te acusaré de ingratitud.

¿No lo entiendes? Me he erguido en madre. Piensan que poseo la santidad por naturaleza. Tu vida es en mí símbolo y fuerza, hermosura y cetro de un poder intangible. No necesito justificar mi existencia. Lejos de mí el trajín cruel del mundo y de sus obras. Alejadas la siembra y la cosecha. Cuando otras mujeres sostienen en sus manos las obras obtenidas con fatigas, arrojo sobre ellas mi mirada desdeñosa: Nada has hecho, no eres madre.

Cuento además con la sangre de las mujeres que aman; si dices algo en mi contra; si lo piensas siquiera, el combate y la vida de miles de mujeres, de esas que aman y cuidan, es mi escudo en tu contra. Creen que soy como ellas. Ternura de la cuna y coraje en el mundo. Hijos que crecen y obras en las manos. Unos u otras, y la sangre dispuesta a enloquecer en la pasión y el gozo.

Escrutan su propio corazón y afirman que es el mío. Sus ojos de palomas no horadan mi coraza.

¿Cómo podrás escaparte de mí? Soy la Madre.¾

No hay compasión ni amparo para los brotes de vientres esteparios. Hasta el nombre de huérfanos les es negado.



- II –

Pero las cálidas manos del que todo lo puede, rasgan la cárcel viva en que habitan sus hijos. Su aliento sopla nuevamente en el barro.

Una Voz imperiosa, violenta de ternura, atraviesa la tierra:

No los amas: no eres madre.

Las máscaras se apartan. Rostros crueles y enfermos, de gestos desdeñosos, alientan soledades. Una mudez oscura atrapa sus gargantas; privadas de mentiras, ya no tienen palabras.


- III -


Con tristeza de madre, nuevamente resuena su Voz en las alturas:

Yo te amaba; yo te amo.
No a tu furia ni a tu odio, no a tu enojo salvaje.
No al visaje de fiera, ni a sus fauces con sangre.
No a la que pisa brotes, no al látigo que estalla;
no a los lechos sin fuego, ni al desprecio que horada.
No a la imperial pereza que abandona las obras;
ni a los gestos soberbios que rechazan hermanas.

Detrás de ese desierto,
detrás de sus crueldades,
detrás de la que grita,
mi hija me desgarra.
Detrás de la que odia,
está mi hijita amada.


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